viernes, 28 de julio de 2017

DESTINO



Se sentaba a escribir para olvidarse del mundo, solo él sabía que significaban esas letras. Eran recuerdos de tiempos pasados y fantasías del futuro. Solo podía vivir a través de sus personajes. Cada uno de ellos era una parte de su vida, nociones y sombras de sus historias y facazos. A veces pensaba que estaba escribiendo su propio obituario, tal era el calibre de lo que sentía. Cada palabra, cada punto y coma era un desgarrador relato de lo que había vivido, lo contaba en tiempo presente porque no podía sacarse la pesada carga  de décadas de sabores amargos. De amaneceres contemplados con el llanto atravesado en la garganta. Sabía que nadie lo entendía. Era como un rompecabezas. Cada relato tenía su tiempo y forma, la mayoría tristes. Pero otros desbordaban alegría y amor, esa comicidad que solo lo da quien tiene el corazón lleno de emociones buenas. Hacía tiempo no podía escribir, se sentía aletargado, su mente divagaba por caminos insondables en donde cada vez que llegaba a un lugar solo era otro rincón sin salida. No tenía forma, ni capacidad para dar vuelta atrás los miles de errores que había cometido, no es que fueran imperdonables, pero a veces los demás no entienden el menjunje de porquerías que uno lleva adentro y que casi siempre se termina boicoteando ser feliz. Y en él era una condición innata. Era como su don, cada vez que se sentía bien cometía algún error que le dejaba con la hiel en la boca. Y el desosiego de la soledad. A la cual casi estaba acostumbrado. Tampoco era un monstruo incapaz de vivir la vida como los demás. Pero muchas veces le costaba hacerse entender, quizá algo que decía o hacía para él era “normal” y para los demás era chocante o directamente los lastima. Tiempo después se daba cuenta del error, pero ya era tarde. El castigo por no ser perfecto y un poco psicótico le dejaba en la absoluta soledad. En lo personal cuando quedaba en estos estados de abandono se volvía casi agorafóbico, no salía de su casa más que para ir a trabajar y fingir que el mundo seguía girando a pesar de todo y para comprar algo de comida. Emprendía muchas cosas al mismo tiempo y los abandonaba inmediatamente. Muchas ideas y ninguna las terminaba. Porque siempre creía que iba a fallar y no podía entender eso. Tenía la necesidad de familia y no la tenía. Quería ser feliz y no sabía cómo. Vivía entre ese estado de completa felicidad cuando amaba y se volvía huraño, hosco y terminaba alejando a quienes amaba. Cuestión de idiotez mía decía siempre. Cuando peor sufría fue cuando en aquel viaje conoció a la mujer de su vida. Fue por coincidencia del destino, como suele pasar. Ella era camarera en un hotel de playa. Y como a él le gustaba el mar y decía que podía curarlo de su locura siempre que podía se tomaba unos días para respirar el aire salado y exquisito de esa playa. Al ser un hombre que le costaba relacionarse con la gente se mantenía al margen de los demás, comía solo, desayunaba solo y salía a caminar solo. Más que dar las gracias o un buen día no era capaz de dirigirle otras palabras a ella. Siempre le tocaba el turno de la mañana, así que atendía su mesa. Luego de varios días de verlo tan solitario intentó darle un poco de charla. Después de largos minutos él terminó de contarle su vida, un pantallazo de su realidad. La mujer no decía ni una palabra mientras él se desahogaba. Cuando terminó le dijo gracias y se fue. Toda esa mañana se quedó pensando en todo lo que le contó, le revolvía el estómago de tristeza.  Tenía algo que no sabía cómo explicar, verlo así roto de dolor y sentir esa soledad. A la tarde decidió buscarlo por la playa y no pudo encontrarlo. Camino hasta la noche sin verlo. Cuando volvía a su casa frustrada por esa sensación de pena lo vio en el faro que estaba cerca del hotel de playas doradas. Un faro antiguo, que no funcionaba, solo para las fotos de los turistas.
El hombre sentado en la arena miraba el mar, sus hombros se estremecían con sus sollozos. La brisa salada le llevaba bocanadas de ese llanto hasta donde estaba ella parada mirándole.
Se limpió un par de lágrimas que no se había dado cuenta que caían por sus mejillas. Camino hasta él y se sentó a su lado.
El hombre dejó de llorar en ese instante y la miró reconociéndola. Pequeños estertores sacudían su cuerpo por el dolor. En su regazo un cuaderno con la hoja mojada por las lágrimas en donde intentaba escribir algo.
-Me llamo Marina –le dijo ella.
-Me llamo Moreno, contestó él sonriendo.

miércoles, 12 de julio de 2017

ESPEJISMO



Era un día cualquiera, uno de esos que ni se tachan en el calendario para no gastar tinta. El faro estaba apagado y cerrado. Solo quedaba la tenue luz de la luna creciente iluminando el lugar. Al hombre que parado estaba en el balcón mirando el mar parecía no importarle. En su mente se sucedían imágenes que se reflejaban en los ojos, sombríos y distantes. La lucha entre las dunas no terminaba nunca, la conquista del desierto y del oasis era continua. Siempre aparecería alguna tribu nómade intentando derribar lo poco que durante siglos ellos habían logrado mantener, a costa de sangre y fuego. Las mujeres estaban acostumbradas a perder maridos e hijos, los niños de volvían hombres a muy corta edad. Siempre se necesitaban más espadas para defender lo que era de ellos por derecho ancestral.
Una tarde en la que a Moreno la soledad del desierto se le clavaba en la carne. Le dan un mensaje, al leerlo su rostro se endureció más que de costumbre. Era una invitación que muy amablemente le enviaba el poblado más cercano que tenían, unos trescientos kilómetros los separaban. Pero ahí las distancias se medían en soles o noches, no se contaban por kilómetros. Era época de cosecha de dátiles, fruta muy importante en el desierto por sus cualidades para calmar la sed y el hambre. Los árboles que daban este fruto se podían encontrar cerca de los oasis, por eso eran tan venerados, porque cualquier sediento podría saber que hay agua cerca al ver los árboles.
Pero detrás de esta invitación siempre se escondía le peligro y la traición, años atrás habían sido enemigos y los principales conspiradores, que luego le costara la vida a uno de sus capitanes, por traición. A pesar de ser como su hermano, no dudo en torturarlo y matarle, por el bien de su pueblo.
Se debatía entre la pérdida de tiempo en viajar para estar a tiempo en la aldea vecina y el temor de dejar a su gente con menos guerreros. Luego de pensar un tiempo largo tomó una decisión, llama a su capitán y le manda cargar un camello con insumos y menesteres para emprender el viaje solo, no quería perder tiempo organizando un grupo de viaje y si llegaban a traicionarlo, sus guerreros esperarían un tiempo prudencial y al no tener noticias de él, sabrían que hacer. Igualmente en la ciudad contaba con un par de espías leales, pero no le daba el tiempo para enviar mensaje y ponerles de sobre aviso. Moreno también pensaba que si ellos no se habían anticipado en ponerlo en guardia, era quizá porque no había nada que temer.
Pensando en esto se acostó a dormir en su tienda, por la noche partiría, guiándose por las estrellas llegaría más rápido y fresco que viajando de día, con el consabido peligro de los asaltantes de caravanas.
El anochecer llega despejado y estrellado como todas las noches, llevaba décadas sin llover. El camino era largo, una semana de viaje, más la estadía de descanso en la ciudad. Estaría fuera más de un mes. Si todo iba bien.
El aire nocturno le refrescaba el alma, era en estos momentos en los que él se alejaba de las tiendas y podía estar en completa soledad, donde podía pensar tranquila y libremente en Elizabeth. Aún podía sentir el aroma de su pelo ondulado y la sedosidad del cabello acariciando su piel. Como una cascada de amor que le cubría por completo. No sabía bien cuando fue, pero sentía en los huesos cuando llegaba la fecha en que ella parada en ese muelle, le despidió. Mientras el barco los iba alejando Moreno solo podía sentir una gran congoja en su pecho y ocupaba el mismo espacio que el amor que sentía, el vacío absoluto. Sacudió la cabeza para apartar el dolor que había en su alma atormentada por la ausencia de su amor. El día sería largo. Más él no sabía cuánto lo sería.
De mañana cuando aún duraba el fresco se paraba en la duna más alta que encontrara para otear el horizonte y ver si alguien le seguía o si se avistaban caravanas. Era sabido que si había caravanas, había asaltantes. Y no podía correr el riesgo de ser descubierto. Su fama le precedía, ya todos conocían al León, su ferocidad implacable y la falta de emoción para terminar con el enemigo. Lo odiaban y le temían. Y ese odio se transformaría en tortura, de caer prisionero no le matarían enseguida, se tomarían su tiempo, gozarían escucharlo gritar de dolor, implorando la muerte. El temor absurdo que se transforma en locura.
Y él lo sabía bien.
Por las noches continuaba viaje, las estrellas no solo le indicaban el camino, también le hacían soñar. Miraba al cielo y creía ver a Elizabeth, sus formas y su cabellera mezclándose entre el brillo lejano y frío de las estrellas. Nada más que un espejismo de su corazón.

martes, 16 de mayo de 2017

HAMBRIENTOS



Estaban los dos monstruos agazapados frente a la casa, era una casa de campo con animales de granja gallinas, pavos, patos y lechones, casa pequeña pero bonita.
No eran dos monstruos como los que pintan en las películas o tipo expedientes secretos x, no tenían dos cabezas ni dos bocas. Sencillamente eran feos, absolutamente feos, horrorosos, al estilo Frankeistein. Amplias jorobas en sus espaldas y sus voces eran rasposas y un poco chillona, escucharlos hablar aterraba. Eran hermanos abandonados a su suerte, escondidos en el bosque y nadie sabía de su presencia.
Volviendo al tema, los dos esperaban el momento justo, que el dueño de casa se acostara a dormir, los monstruos tenían un gusto por la comida, como decirlo…muy especial.
Así que ahí estaban famélicos, casi gritando de hambre, no podían comer tan seguido como quisieran, si lo hicieran alertarían al poblado cercano y alrededores y serían perseguidos, cazados como conejos.
Tenían los dientes puntiagudos tipo dientes de tiburón y se pasaban la lengua por las puntas, como aceitando la herramienta. Las tripas sonaban como tambores, exigiendo ya la comida.
No aguantaron más, salieron del escondite y sin esperar que el hombre se durmiera atacaron, no les importaba nada en ese momento, solo la sed de carne.
Los gritos sonaban en el aire y reverberaban en el bosque, se llevaban la presa a su escondite y los gritos se esfumaban como migajas de pan dejados por niños perdidos.
Por el camino se gritaban uno a otro, desesperados por morder y comer. Ya en su escondite decidían si asarlo o hervirlo. Llegaron a la conclusión que asado siempre había sido más sabroso. Quien podría negarse a ese aroma.
Mientras uno hacía el fuego el otro iba descuartizando el cuerpo con gran habilidad. Cortaba, separaba articulaciones como un cirujano, o mejor quizá. Lo clavaron en una estaca y lo acercaron al fuego, al rato se sentía el olor a carne asada.
Cuando terminaron de cocinarlo se sentaron a devorar la carne blanca asada, tierna y a punto, como debe ser.
Cuando están comiendo se ponen a discutir.
-Estoy cansado de matar así.
-Es la única forma que nos queda –le contesta el hermano tragando un gran trozo de carne.
-Es que estoy cansado de comer lechón.
-Callate y come –le grita el hermano.

SOLEDAD

Moreno caminaba por la playa como todos los días, pero éste no era un día más del calendario. Cuarenta años se cumplían esperando el regreso de su amada Elizabeth. A pesar de las décadas de soledad no perdía la esperanza de que algún día apareciera ella en la playa como aquella vez que la conoció. Mientras pasaban las horas su ánimo iba decayendo, se recostó en las rocas a descansar, el sol en lo alto pegaba fuerte y a su edad no podía estar mucho al sol, como en otras épocas.
Sudaba como si estuviera en esos baños turcos que conoció allá por el treinta y nueve (1939), ya hacía varias horas que apostado detrás de la duna espiaba los movimientos de los forajidos. Eran un grupo de marroquíes y sirios, ladrones y homicidas que asolaban las caravanas extranjeras. El León aguardaba pacientemente bajo el sol, sus hombres le seguirían al mismísimo infierno y el calor de ese día parecía una antesala a esa promesa.
Los alfanjes y espadas embutidas en trapos y cueros de camello para que no rechinaran y alertaran a los vándalos. Algunos estaban sedientos de sangre, se los veía acariciar la empuñadura de sus armas. Moreno nada podía hacer al respecto, sus hombres eran crueles por una cuestión de supervivencia, no por placer. Querían terminar pronto con ellos, les daba rabia ver las masacres en los caminos, cuerpos de mujeres y niños para pasto de los carroñeros. Ellos eran jueces y verdugos.
Esta vez el ataque sería distinto, el sol calentaba tanto el acero que los ladrones no podrían tomar sus armas sin sentir la mordida extrema del fuego solar. Moreno no quería esta batalla, estaba harto de la guerra. Pero debía proteger a su gente y a los inocentes que anduvieran los caminos, era la ley que había impuesto en su tribu.
A su voz atacaron asimétricamente, el frente derecho más adelantado, el frente izquierdo retrasado, paralelamente los flancos y él por el centro con su guardia personal, los más fieros guerreros de la aldea. Portaban cimitarras tan pesadas que debían tomarlas con las dos manos, de un solo tajo podían partir a tres personas.
Los frentes arremetieron con lanzas de madera, creando escaramuzas en las filas enemigas que les costó un tiempo darse cuenta que eran atacados. Moreno por el centro azuzando a sus hombres y buscando al líder de la banda. Los flancos rodearon creando una pinza que los envolvió y encerró a su suerte. El león empachado de sangre, fue a por el criminal que asolaba estos parajes olvidados del mundo. Los guerreros dieron cuenta en seguida con los enemigos, la batalla duró menos de cinco minutos, los veinte que sobrevivieron al rendirse fueron prontamente maniatados y arrodillados en la quemante arena esperando el mando del León. Éste tenía enfrente al cabecilla del grupo, con un gesto le indicó si fortuna. El hombre estiró sus manos y sin mediar palabra Moreno las cercenó por las muñecas de un solo golpe de su cimitarra. Mientras limpiaba la sangre del acero ordenó la ejecución del resto.
Horas después los cuerpos aún seguían goteando sangre, empalados en la arena para comida de los buitres y recordatorio a los forajidos cuál sería su fin en esas tierras, mientras su jefe arrodillado ante ellos sollozaba esperando la muerte.
El viejo se despertó de la pesadilla de sangre y acero, el sol le daba en el rostro quemándolo. Las rocas ya no eran refugio del aquel sol del infierno. Se puso su sombrero de paja y suspirando la soledad volvió despacio a la choza.

jueves, 17 de noviembre de 2016

UN VIAJE TRAGICO A TRELEW

"Eso", estaba tirado en medio de la ruta, alcancé a ver la sangre y un pedazo de carne que asomaba por encima del asfalto. Empecé a gritar como loco, frena frenaaaaá!!!! No espere que frenara, me tire del auto aún en movimiento. A pesar del dolor de mi pierna corrí como pude, estaba como a 20 metros lejos todavía. Mi desesperación era por los autos que no veía venir y tenía miedo me pisaran. No entendía como ese cuerpo destrozado se podía mover. Estando a solo 5 metros quedé paralizado, mi respiración paso a un estado casi comatoso. Sentí como mi corazón dejaba de latir por la sorpresa y luego empezó a funcionar como motor de formula 1. Unas gotas de transpiración bajaron desde la nuca hasta la espalda y se perdieron ahí abajo...cuando se incorporó en la ruta giró su...¿cabeza? y me vio...comencé a correr por mi vida. Quería gritar pidiendo ayuda, pero estaba solo, salte un alambrado y empecé a huir por entre las matas espinosas. Se me caía el pantalón jogging porque me había olvidado de atar el cordón de la cintura. La caída la viví en cámara lenta, sentí unos dedos largos que agarraron mi pie desde atrás, reboté contra un coirón y fui a parar de lleno al piso. Me di vuelta enseguida y exactamente igual que en las películas de terror retrocedí sin poder levantarme del suelo arrastrando el culo por el barro con el pantalón por las rodillas. Estaba por dar un gran y largo grito que sería lo último que haría vivo en este planeta, cuando abro los ojos y solo veía mis brazos extendidos protegiéndose de eso. No había algo. Solo el silencio del viento golpeando mis pelos erizados por el terror. Ahí si, empecé a gritar como un desgraciado, volví sobre mis pasos hasta el alambrado, seguía gritando. Me quede al costado de la ruta, no podían calmarme, pararon varios autos mas que me veían gritar y muy agitado, corría y caminaba por el costado sin dejar de mirar para adentro del campo. La policía llego a la media hora, con mi relato y sus risas llegó mi llanto histérico. De pronto unos hombres de blanco me llevaron en una ambulancia. Yo les contaba lo que había pasado, me miraron raro y me inyectaron. Cuando desperté 2 médicos charlaban entre ellos y se reían, alcance a escuchar palabras como, paranoia, psicosis. Estuve varias horas internado hasta que les di la razón y me dejaron ir. Mi historia salio hasta en radio cadena 3 patagonia a modo de chiste tomaron la noticia. Decían que yo corría a un piche en la ruta y me dio un brote psicótico. Nada que ver. "Eso" no era un piche, los piches no comen carne muerta en la ruta, esos son los peludos. Y esos bichos no te persiguen, con la boca llena de dientes tipo tiburón y pedazos de liebre masticando como si fuera caramelos. Yo se lo que vi. Yo se lo que vi. No estoy loco jaja se lo que vi, no estoy loco jajajaja.

AMOR ABSOLUTO

El hombre corría entre los escombros y reía como un niño, en realidad mentalmente casi lo era. De un salto se encaramó a una escalera destrozada que apenas se apoyaba en la pared semi derrumbada de la fábrica. Mientras trepaba miraba hacia atrás. Un gato de un tamaño bastante grande, muy parecido a un ocelote le seguía de cerca. De su mirada emanaba odio por ir perdiendo la carrera. El hombre le gritó algo así como “gordo flojo” o eso fue lo que ese gato creyó escuchar. Bufó de bronca y clavó sus garras con más fuerza en el suelo para tener una buena base para su impulso. Cuando el hombre volvió a mirar para atrás el felino ya no estaba a unos metros detrás de él, estaba a su lado mostrándole la lengua en señal de burla. La sorpresa fue tal que no vio el palo que tenía el gato en la garra y le golpeo justo en la frente a lo que el cuerpo dio a parar al suelo levantando polvo, piedras y la corrida de un montón de lagartijas que mientras miraban la carrera hacían apuestas con monedas de quien sería el ganador.
Quejandose de dolor se levantó y mirando al micho que desde el techo lo miraba desdeñosamente mientras se lamía una pata, le largo una buena puteada que terminó por espantar al resto de lagartijas apostadoras.
Rato después y luego de sacudirse la ropa del polvo amarillo del suelo, trepó al techo de la fábrica y se sentó al lado de Zor, así era el nombre del felino.
-¿Porqué hiciste eso gato ladino? –pregunta mientras se sacaba escombro de los bolsillos del pantalón.
-Quería enseñarte un concepto nuevo –contesta mientras se lavaba una oreja.
-Bueno ¿y me lo vas a decir o debo seguir esperando?
Eres un niño –le dice revoleando los ojos con sarcasmo. Pero igual te quiero.
-Sigo esperando.
-Realmente a veces me dan ganas de matarte.
-Jajaja está bien maestro –dice parándose y haciendo una reverencia, disculpe su señoría, ¿podría iluminarme con su sapienza?
-Tú sabías que ganarías y yo sabía que tú ganarías, entonces hice trampa.
-¿Trampa? –pregunta pensativamente mientras se rascaba la barba llena de tierra por la caída.
-Es una ventaja que se toma para lograr un propósito o fin, con maneras que no son consideradas legales, como por ejemplo el palazo que te di en nuestra carrera. ¿Capisce?
-Si maestro.
Los dos seres miran hacia el occidente, el ocaso reinaba en el lugar. Los dos suspiraron por la belleza de los colores que iluminaban sus rostros.
No tenían a nadie más, ellos eran los últimos del planeta, dos especies que durante millones de años fueron evolucionando, durante todo este tiempo se odiaron, combatieron y se destruyeron mutuamente, hasta hacerlo también con el planeta.
Llevaban de amigos más de mil quinientos años y la guerra había terminado antes que ellos nacieran, nacieron en la soledad del desierto, en la destrucción apocalíptica de la estupidez, de la cual las razas superiores siempre ostentan con orgullo, esa capacidad para destruirse y con ello a toda vida.
Moreno era un hombre de unos cuarenta años, pero en esa época sus vidas en el tiempo transcurrían muy lento y acusaba unos tres mil años, más o menos. Un hombre de milenios con aspecto de cuarenta.
El gato un ser por demás inteligente, había adoptado al chico cuando este era un bebé, sus padres habían muerto en manos de otros animales post apocalípticos.
Un felino muy estudioso, sabía todo de los hombres, leyó muchos libros y en su mejor momento era un maestro muy conocido por sus formas no tradicionales de enseñar.
A veces se preguntaba si enseñarle al humano no era más que una pérdida de tiempo, era el único de su especie, igual que él.
Su cerebro era como una esponja, pero a veces no podía comprender sobre las emociones y le costaba a Zor hacerle entender el sarcasmo o la ironía, después se dio cuenta que no servía de nada enseñar las bases por la cual luego se destruyeron a ellos mismos.
El ocaso casi llegaba a su fin, o sea en unos cuatro días, los tiempos en esa época eran otros.
Moreno siempre con los ocasos se ponía triste, no sabía el porque. El gato lo miraba y sufría por él, sabía cual era el motivo de la tristeza.
Caminaron hasta un lago, un lugar donde Zor tenía la esperanza que no le devolviera la memoria al hombre, perdida siglos atrás. Ningún cerebro puede soportar las memorias o recuerdos de milenios, los nuevos recuerdos lavaban los anteriores. Y con eso moría el dolor del recuerdo.
Nadaron unas horas, jugaron y rieron.
Hasta que vio la cueva.
Lo miró a Zor y este movió la cabeza negativamente mientras una lágrima corría por el pelaje negro y lustroso.
-Si entras ahí sufrirás.
-¿Tiene que ver con el ocaso? –le pregunta con las palabras entrecortadas por la congoja que sentía sin saber el porque.
El gato nunca le contestó, se dio la vuelta y se sentó mirando las montañas, no quería que el hombre le viera llorar.
Entró despacio, no tenía miedo, esa noción le era desconocida, pero si sintió como el corazón se le estrujaba en el pecho.
Sacó de su bolsillo una bolsa impermeable, adentro había una yesca con la que prendió una pequeña llama, un par de ramas hicieron de antorcha.
Mientras iba entrando, las sombras cobraban vida en las paredes, se movían como danzando un baile para ahuyentarlo.
La cueva no era profunda, pero era grande, había mesas rústicas, unas sillas derrumbadas por el tiempo y un lugar donde parecía haber existido una cama, o la forma de ella. Cada cosa que veía la tocaba y acariciaba.
En una repisa había una botellita pequeña con un líquido dentro, era un perfume, pero él no lo sabía.
Cuando lo tomó con su mano y lo iba a abrir. La voz del gato resonó en la caverna.
-¡No la abras por favor! –grita entre lamentos.
-¿Por qué no debo abrirla Zor? –le pregunta consternado, mientras miraba la botella con miedo.
-Por que lo sabrás. –contesta el gato entre sollozos.
Con estas palabras salió de la cueva y se sentó en la entrada, esperando.
Abrió la tapa y se acercó la botella a la nariz. El aroma subió por la nariz y explotó en el cerebro, el golpe fue tan fuerte que gimió por el dolor del recuerdo. Millones de neuronas dormidas despertaron en un instante, cientos de imágenes, sensaciones y momentos inundaron sus ojos. Retrocedió y se apoyo en la pared de roca, sentía desmayarse de dolor, un dolor largo, profundo, atroz que nació en el corazón y explotaba en su garganta. Y gritó, gritó hasta que se le nublaron los ojos por falta de aire, gritó tanto que Zor se tapo las orejas gatunas, gritó hasta que tragó sus lágrimas amargas por la soledad. Soledad que hasta ese momento ignoraba que existiera. Ese perfume le desgarró el alma, le desprendió el corazón de su mente y tomó consciencia que ese músculo existía. Era de su amada, pero él no la recordaba. Todo se movía aceleradamente, sus ojos no podían absorber todo lo que el cerebro extasiado por el aroma quería mostrar en su mente. Trastabilló y cayó sentado, en la misma posición en la que estuvo en esa cueva mil años atrás. Pero esa vez tenía a su amor en sus brazos, agonizante mientras ella le acariciaba el rostro, un último te amo y ese suspiro exhalado en la bocanada del perfume del amor de ella golpeo su rostro y se impregnó en él. Había pasado tanto tiempo, siglos, que la había olvidado, pero un amor tan fuerte, profundo, dejarías vestigios, rastros de que alguna vez existió. Mil años después, el perfume del amor exquisito había revivido el amor. Porque luego de la tortura de la muerte y el recuerdo doloroso, viene la serenidad del amor absoluto, quien lo haya vivido, sabrá de lo que hablo. Y así adolorido por la caída a la realidad, selló una vez más la botella y la dejó en donde la encontró, mientras salía de la cueva mira una sola vez hacia atrás y sonrió. Afuera el ocaso continuaba, como les conté antes, tardaban varios días en concluir. Se sentó al lado del gato que se lavaba las lágrimas saladas que derramó en su pelambre perfecto.
-¿Qué aprendiste hijo mío?
-Que el ocaso me ponía triste porque me faltaba algo, ahora en el atardecer, está ella.
Ahora Zor había tomado una postura solemne, mientras los dos miraban el rojizo y casi eterno ocaso.
-Dime zor, ¿yo la amaba mucho?
-Si, los dos la amábamos mucho. Vamos niño, aún debo enseñarte mucho más de la vida.
Y así los dos siguieron su camino, ninguno miró hacia la cueva, no hacía falta, el recuerdo estaba en sus mentes y en sus corazones estaba el amor absoluto, el cual ya no duele.

LUZ

La extrañaba como nunca pensó podía hacerlo por alguien. Hacía años que no se veían ni hablaban, pero ella era la mujer de su vida. Estaba todos los días en su mente, aunque hubieran pasado cinco años, estaba presente. Seguía su vida de lejos, intentaba saber cómo estaba, si trabajaba, si estaba bien de salud. Un par de veces le había dado regalos para su cumpleaños, pero la frialdad de ella le quemaba le corazón. Claro, él tenía su nueva pareja. Y ella, hacía su vida. Un caballero no comenta las cosas que sabe.
Siempre decía que era la versión física mejorada de Anne Hathaway así de hermosa era, igual que la actríz, un poco áspera para quien no la conocía, con reacciones fuertes, incontrolables algunas veces. Pero una niña asustada por dentro. Una vez le había dicho que él la veía como una tonta, naif. No había entendido que la veía casi como un ángel, de piedra claro por su carácter. Pero limando las asperezas que todos tenemos, era la mejor persona que había conocido, la mujer más bella, la única que realmente había tocado su corazón. Nadie es perfecto, pero a sus ojos a ella le faltaban algunos puntos, para serlo. Rozando la genialidad en sus dibujos y pinturas, veía la realidad de otra forma, quizá nosotros no seamos capaces de ver las cosas de esa manera. Sentía la vida. Cuando algunos solo nos quedamos con la imagen tosca de la realidad, ella veía más allá.
Ni siquiera podía entender sus escritos, escapaban a su raciocino, ella debía explicárselo, ni así captaba la idea. Estaba más allá de su comprensión.
Y ahora a lo lejos veía todo eso y entendía porque la había dejado, el motivo de lastimarla. Le tenía envidia. Odiaba que tuviera esos dones y él no fuera nada.
No se había dado cuenta de lo más importante, ella lo amaba. Lo veía tal cual es, con virtudes y sus miles de defectos, y le amaba igual.
Pero su pecado fue más pesado en la balanza.
Ahora, años después, parejas después. Seguía pensando en ella. La veía, sola en su mundo sin que nadie la pudiera comprender. Ella también buscaba amor y creía encontrarlo, a veces las personas se aferran a lo que encuentran más cercano, para luego alejarlas con más facilidad cuando no concordamos.
En su momento no se atrevió a ir más allá, ella con sus dos hijos necesitaban amor y él en ese momento no era capaz de amar a nadie, ni así mismo. Hoy los ve de lejos, a veces se cruzan en la calle, miradas mudas, que ella no le sostiene ni dos segundos. Claro, es seguro una de las etapas más feas de su vida. Si supiera que fue la envidia del amor, el miedo a tener familia, a sentirse amado y necesitado. Él, que ni siquiera podía cuidar a su propia hija.
Ahora solo escribía, y todas sus poesías y cuentos eran para ella. Cada una de aquellas palabras tenía su nombre tatuado en el alma. Escribió novelas y esas historias eran sus historias o lo que hubiera querido vivir a su lado. Sus cuentos eran desgarradoras historias de soledad y de amor.
Incluso su seguro de vida estaba a su nombre. No sabía cómo borrar el dolor que le causó. Y todo esto no lo sabía. Ese hombre ya no existía en su vida, no le causaba nada, ni amor, odio, nada.
Extrañaba los tés de frutilla con wafles, su sonrisa y su pelo largo enrulado. Soñaba con ser parte de sus imágenes, tan perfectas de la vida. El contraste y los colores que registraba apretando un botón, la imaginaba mirando a través de ese lente y estar del otro lado sonriendo para ella.
Y eso núnca podría ser. Se estaba quedando ciego.
Fue hasta la plaza, para verla pasar una vez más. Y allí la vio con la cámara en su mano, feliz de la vida, sonriendo seriamente, concentrada con las flores, las aves y los árboles.
Se sintió bien por su felicidad, se puso los anteojos negros de nuevo y se fue a los tropezones hasta su casa. Se sentó en su cama a esperar que la obscuridad llene por completo sus ojos, porque su corazón estaba lleno de luz, la luz de los ojos de ella.

viernes, 1 de abril de 2016

VALIENTE

Las bombas hacían temblar el suelo helado. Los pies estaban fríos, empapados por la lluvia y la humedad de la turba.
El pozo en el que estaba se inundó de agua, se filtraba de las paredes y llenaba el pequeño agujero.
En un rincón junto al lado de fotos familiares había un crucifijo, una vela casi consumida iluminaba apenas el cristo que lloraba.
Afuera el cielo estaba encapotado de rojo por las explosiones. La lluvia aunque era tenue, bastaba para congelar el cuerpo hasta los huesos. Las gotas parecían lágrimas que caían en cámara lenta.
Siempre se escuchaban gritos, gemidos. Alguien que llamaba a su madre, que pedía que le salven la vida. De a poco esas voces se callaban y eran renovadas por voces nuevas.
El soldado corrió hasta el puesto de observación, esquivando los cráteres de las bombas. Una zona de rocas, apenas elevada era su punto de visión del campo de batalla.
A trescientos metros avanzaba el enemigo, la radio no funcionaba, horas atrás se habían agotado las baterías. No tenía forma de avisar al puesto que le seguía a su flanco. No había manera que él pudiera cruzar esa distancia sin caer ante las balas del enemigo y disparo de morteros.
El grupo atacante se abrió intentando flanquear los puestos avanzados. Estos todavía no los habían visto.
La desesperación del soldado le crispo las manos. Sus hermanos serían masacrados si no hacía algo.
En su mente corrían las ideas, pero todas ellas terminarían con su vida.
La decisión cambiaría todo, juró ante su bandera defenderla hasta perder la vida. El coronel le dijo días atrás que solo por defender su tierra, ya era un héroe.
El pecho se le inflamó de orgullo que ni el frío atroz que sentía pudo apagar.
Volvió al pozo de zorro y busco la cruz de la pared, la guardó en su pecho junto al pedazo de chocolate que guardaba para un momento especial. Tomó los cuatro cargadores que le dejaron y las dos granadas.
En el terreno las luces eran más intensas, parecía que hasta el aire vibraba por las explosiones. En la boca sentía el sabor de la pólvora que flotaba en el aire.
Corrió hasta el puesto cercano que estaba a cincuenta metros que le parecieron eternos.
El grupo de asalto estaba a no más de treinta metros. Escuchaba sus voces, hablaban otro idioma.
Le quitó el seguro a las granadas y gritando viva la patria se las arrojó.
Esos segundos de espera fueron interminables, llegó a pensar que estaban falladas. Cuando el sonido obscuro y grave resonó entre las piedras donde se protegió.
La sorpresa y los gritos de dolor fueron al mismo tiempo.
Al verse descubiertos los invasores tuvieron que retroceder unos metros, ese era el momento que él quería.
Acomodó su Fal y comenzó a disparar.
Durante la instrucción se destaco por la precisión con su arma. El coronel le había dicho varias veces que lo quería cerca suyo si hubiese una guerra. Serías buen franco tirador le dijo una vez.
Recordó esas palabras mientras buscaba en la mira centrar el objetivo. Estaban tan cerca que vio cuando un soldado enemigo le apuntaba con un cohete Law.
Alcanzo a tirarse de cara a la turba cuando el silbido y el chasquido de salida sonaron.
El tiempo se detuvo.
Los oídos le dolieron y la onda expansiva le pego en el cuerpo. Pedazos de roca y pasto duro le cubrieron toda la espalda. Se levantó escupiendo tierra, el Fal seguía en sus manos.
Corrió hasta el pozo de zorro esperando que le siguieran. Con tantas explosiones y disparos, sus camaradas alertados del ruido seguro ya estarían cerca del lugar para darle apoyo.
Saco el chocolate y se lo puso en la boca, no lo masticó, lo saboreo hasta que se disolvió completamente. El gusto amargo y delicioso le recordó su hogar.
La furia le nació en el pecho y subió hasta su cara, el rojo del rostro no era de frío, era de valor.
Esperó hasta que las siluetas estuvieran cerca y abrió fuego.
Cayeron dos heridos de muerte. Las granadas llovieron sobre su posición. Las balas silbaban y golpeaban en la entrada. Tenían aparatos de visión nocturna y le veían como si fuera de día.
Le quedaban dos cargadores completos.
Salió de la protección y se tiró cuerpo a tierra para ofrecer menos blanco al enemigo que buscaba terminar su vida.
Le gritaban que se rinda, pero él no entendía su idioma. Seguía disparando agotando los cargadores.
Una bala certera le dio en el hombro izquierdo. Y una granada le hirió gravemente. Tiró el arma a un costado y sacó su pistola. Antes de poder apuntarles, las balas de una ametralladora le atravesó el pecho.
De rodillas ante ellos siguió disparando.
Un soldado le arrojó una granada.
Su lucha había durado diez minutos.
La sangre manchaba el crucifijo. Mientras moría, llamaba a su mamá que estaba a miles de kilómetros, sin saber que su hijo daba su vida por la patria en una isla lejana. En la boca se mezclaron los sabores del chocolate y la sangre.
Los gemidos se fueron apagando.
El grupo del puesto cercano ya había llegado. Sorprendidos por el valiente soldado no se percataron del avance por su flanco.
Las balas de sus hermanos hicieron mella al invasor. Cayeron tres, hirieron a cuatro más. Y les obligaron a retroceder.
Ganaron ese encuentro.
Horas después dieron cuenta de que, aquél soldado solitario había matado a cuatro con su arrojo.
En su mano tenía el crucifijo empapado en sangre.
Días más tarde enviaron a su familia que vivían en Chubut, el crucifijo envuelto en el papel metálico de aquel chocolate con una carta.
En ella relataba el coronel la historia de su hijo y que con extremo arrojo y valor había detenido él solo, el avance de más de quince enemigos dando su vida en ese acto. Que había sido el mejor soldado que había preparado. El mejor hombre.
Cuentan que en una casa modesta en el sur de la Patagonia Argentina, en una pared se encuentran un crucifijo envuelto en papel metalizado y una medalla póstuma al valor en combate.


martes, 15 de marzo de 2016

UNA NOCHE

Como todas las tardes el viejo se sentaba en las rocas mirando el mar. La mirada no era triste, era un atisbo de la desolación del alma. No podía sacarse de la mente los recuerdos, de la guerra y de la sangre, de Elizabeth y el faro.
Comenzaba el amanecer y Moreno aullaba de furia, como león enjaulado. Los grilletes le impedían adelantarse no más de dos metros, las cadena que le sujetaban por las muñecas eran pesadas y se clavaban en la carne. La sangre goteaba lentamente por el hierro y la arena bajo sus pies estaba húmeda y roja.
Los hombres se tomaban su tiempo, durante la tarde le habían torturado, pero lentamente. No querían que muriera, eso sería luego del amanecer. Por la noche se divirtieron sorteando a quien le tocaba arrojarle los dardos al rojo vivo, que fueron calentados en las brasas, cerca de él. Para que pudiera ver lo que le esperaba.
Su pecho estaba enrojecido y las llagas supuraban agua mezclada con su sangre. La cara ya no era suya, le pertenecía un extraño, quien le conociera personalmente no podría creer que ese, era el León.
Moreno chillaba y gemía guturalmente por lo bajo, no quería darles el placer de escuchar sus gritos de dolor. Aguantó lo más que pudo y cuando ya le venció el dolor y la agonía, gritó. Pero no fue un alarido de dolor, era para demostrarles que aún tenía fuerzas. Y su sonrisa tétrica, les asustó.
Pasada la noche cuando las estrellas comenzaban a menguar, el cansancio les venció y los torturadores se fueron a sus tiendas. El prisionero no podría escapar, no tenía manera de quitarse los grilletes.
Moreno, mientras mascullaba maldiciones escupía al piso la sangre que se acumulaba en la boca destrozada. Llegó el amanecer y recuperaba fuerzas lentamente. Le quedaba poco tiempo de vida cuando la luz del sol comenzara a calentar la arena.
Sus hombres esperaban detrás de las dunas. La impaciencia era enorme, las manos se crispaban en sus cuchillos y espadas. Sabían que el ataque debía ser sorpresa y por eso mismo esperaron que la tortura terminara. Verlo a su líder, encadenado y sangrante luego de una larga noche les daba más coraje aún.
Dieron cuenta de los guardias que custodiaban la entrada, silenciosamente los fueron degollando uno a uno. Sonó un disparo y esa fue la orden que ansiosamente esperaban. Se lanzaron silenciosamente al centro de la fortificación y mientras los enemigos iban saliendo de sus guaridas iban siendo atravesados por los alfanjes. Los heridos eran rematados por la retaguardia, que pacientemente esperaban cayeran a sus pies. No había honor en esa batalla, solo era una masacre a consciencia. Un grupo de cinco hombres se encargaron de Moreno. Pidió su espada y con ella en la mano dio cuenta de los torturadores, varios dejaron sus armas y arrodillados pidieron clemencia. El León sonrió, con esa mueca que helaba la sangre a los que estaban a sus pies.
Sus hombres terminada la tarea, se reunieron a su alrededor, esperando las órdenes.
—Encadénenlos —fue lo único que dijo.
Mientras algunos amontonaban los cuerpos y eran despojados de las pertenencias valiosas, otros limpiaron sus armas y afilaban los cuchillos.
Avivaron la misma hoguera en la que calentaron los hierros la noche anterior para quemarla la piel.
Moreno pidió un cuchillo y se sentó en la arena mientras el acero se calentaba. Cuando la hoja estuvo al rojo vivo, lo tomo del mango y acercándose al primer prisionero, le dijo.
—Tengo todo el día, tú solo me diste una noche.
Durante el transcurso del día se escuchaban los alaridos de los condenados al fuego.
Cuando se fueron al otro día, en la fortaleza solo se oía el silencio y el olor a carne quemada.