miércoles, 20 de abril de 2022

EN CASA

Faltaba poco ya. Por eso volvió al único lugar dónde podía descansar, su bosque y sus lagos serían lo último que volvería a ver.
Cansado, muy cansado estaba. Pero seguía adelante, el sendero angosto le llevaba al final de su camino, una paradoja. El final del círculo.
Se detuvo un par de minutos para tomar agua, los pájaros le seguían con sus trinos, una brisa movían las ramas altas de los cipreses.
Se pasó la mano por la frente sudorosa y un crujido de ramitas secas detrás de él le congeló el brazo en el momento que tomaba agua de la botella. Bajó suavemente la mano y se dio vuelta muy despacio.
A no más de cinco metros un puma le miraba atentamente. Sin enojo o miedo en sus ojos. Su mirada era clara y transparente, casi curiosa.
Su porte era magnifico, la piel lustrosa resaltaba en el verde del musgo a su alrededor. Se miraron por un minuto en un duelo de miradas. El gato decidió sentarse tranquilamente, su cola no se movía agitada en señal de nerviosismo. Y le miró casi con sueño, indiferente.
Recién ahí el hombre tragó el agua que tenía en la boca, se dio cuenta que no lo había hecho en todo ese tiempo.
Decidió sentarse sobre un tronco caído, muy despacio, sin alterar la curiosidad del puma. Ahora estaban casi a la misma altura y se dedicaron a mirarse mutuamente. Con mucha lentitud se quitó la mochila, la abrió y sacó un tupper, dentro de él había un sanguche de milanesa. Cuando lo sacó, el puma comenzó a olisquear el aire y se atrevió a dar un par de pasos hacia el…sanguche.
El hombre pensó un segundo, o le daba la milanesa, o quizá él se convirtiera en la milanesa del felino. Así que extendió el brazo y le ofreció el manjar.
Tardó como diez segundos en decidirse, pero se acercó al humano. No le daba miedo, ni desconfianza.
Fue un solo bocado. Nada más.
El hombre rió.
El puma se dejó acariciar el lomo. Se estremeció. Pero no se alejó.
Se levantó, acomodó su mochila y siguió el sendero, el puma le seguía a su lado. Después de una hora más de caminata llegaron.
De lejos se escuchaba y había más humedad en el aire. En un claro del bosque había una pared de roca prehistórica más antigua que los lagos y de ahí caía la más bella cascada.
Una pequeña poza se formaba debajo, el felino fue al trote a tomar agua de su orilla.
Se quitó la ropa y la dejo sobre unas rocas. El agua helada cortaba la respiración. Pero era el paraíso.
Estaba en casa. Esquel.
En el borde del claro un perro y una mujer apoyada en un báculo le miraban atentamente.
Se dio vuelta y los vio. No hubo miedo, ni preguntas. Acarició una vez más la cabeza del puma y miró luego como se metía al bosque al trote.
Se puso la ropa y fue al encuentro de la rubia mujer que tenía un vestido blanco con flores que parecía que flotaba sobre su piel.
En silencio caminaron un rato por un sendero, parecía casi un sueño, no sentía sus pisadas. Cruzaron por un puente tronco arriba de un arroyo. La mujer y el perro se detuvieron. El final del camino debía hacerlo solo.
Llegó hasta un agujero en el suelo, como si fuera el agujero del conejo de Alicia.
Se metió en él.
Había muchas flores.



TERAPIA






Ella era su amor. Había sido su amor, su faro. Por circunstancias de la vida ya no pertenecía a su corazón. Pero él siempre estaría amándola, de lejos y en silencio. Acompañándola a la distancia, protegiéndola de alguna forma desde las sombras.
Una afección rara la llevó al hospital, los médicos no sabían cómo actuar, una cirugía exploratoria y casi a ciegas quizá le salvaría la vida.
Él se enteró cuando ya estaba en terapia intensiva. Cuando todo había pasado.
Su desesperación de perderla no le dejaba pensar. Pero no “perderla” de pertenencia de egoísmo. El mundo no sería lo mismo sin su luz. Hacía mucho tiempo que su corazón había quedado vacío. Por más que lo intentara no podía amar a otra. Las mujeres pasaron y prefirió seguir solo. Esperando que algún día el universo conspirara y que ella volviera a amarle. Aunque sabía que esto sería imposible, prefería vivir hasta su muerte con la vaga esperanza de su amor, que creer que jamás sucediera, ese día que lo aceptara, moriría.
No soportó más no saber de ella. Si vivía o moría. Así que movió sus influencias dentro de ese hospital y un par de amigos y conocidos lograron que pudiera verla.
Le hicieron vestir en el office de enfermería, para que si la familia lo viera, creyeran que era un enfermero más que ingresaba a la sala de terapia.
El temblor que tenía en las manos y el cuerpo no le dejaba vestirse. La jefa de sector se apiadó de él y le ayudó a sacarse la ropa y ponerse el ambo. Le conocía, había sido su enfermera en varias cirugías que le habían hecho, y durante varias noches lo había cuidado. La mirada de complicidad y la sonrisa que ella le dio, lo tranquilizó un poco.
Le dio una palmadita en la espalda.
-Vamos. Ponete el barbijo y la cofia así entramos.
Sentía que flotaba con cada paso, era el miedo, el miedo a muerte que flotaba en el aire. El ruido a bombas que subían y bajaban, el respirador. Olor a alcohol puro y medicamentos. No se sentía la vida ahí. Era la entrada al infierno, ni el Dante se habría imaginado tal terror, de ver a tu amada en una cama rodeada de tubos, cables y muerte.
La enfermera tomo unas gasas grandes y un frasco de alcohol.
-Tomá – le dice. Mientras le ofrece una bandeja. Te toca lavarla.
La mira sin comprender.
-Un poquito de alcohol en la gasa y frotas suavemente los brazos, las manos, las axilas y…
-Sí, ya entendí –le interrumpe con una voz atragantada por el pavor.
El pavor de verla ahí, tirada como una muñeca de trapo.
Así que comenzó suavemente, casi sin tocarla. Sentía un amor reverente por ella. La adoraba, solo existía ella y su inteligencia, su forma de ser, en su mente. Claro que daría su vida por ella. Es algo que jamás dudaría. No tenía nada que perder.
Lavó suavemente los brazos, hombros, esquivando cables y tubos. Hubiera dado cualquiera cosa por cambiar de lugares.
Con muchísimo cuidado lavo su rostro, ese rostro con el que soñaba por las noches. Esa cara a la que iban sus últimos pensamientos cada vez que a él lo operaban. Con parsimonia, casi con solemnidad acomodó sus rulos, los acarició unos segundos. Las lágrimas enormes y silenciosas mojaban el barbijo y la pechera del ambo.
-Hablale –le dice la enfermera. Es probable que escuche, o que tu voz termine siendo parte de sus sueños. No se sabe. Nosotros les hablamos. A veces nos dicen que escuchaban voces. Quizá éramos nosotros.
Así que mientras terminaba de lavarla, le habló. Le dijo lo que sentía por ella. Le contó de su vida, su trabajo, de su hija. Le habló de sus cuentos y de que a veces escribía sobre ella. Y le pidió, le pidió que vuelva al plano de la vida, a la luz. Que eran muchos las personas que la amaban y la necesitaban.
-Te necesito, necesito que tu luz siga aquí –le dijo tomándole la mano.
-Despedite y vamos, la familia va a verla –le apura la enfermera.
Le besó la frente, acarició esos rulos perfectos una vez más y se fue sin mirar atrás. Como en las películas, no quería guardar quizá el último recuerdo de ella tirada en una cama, así. Prefería recordar ese beso.
Cuando salió esquivó a la familia y se fue.
Años después ella le escribió, habían pasado muchos años desde su último mensaje. Se contaron cosas, de la vida. Y le conto ella, que estuvo muy mal, a punto de morir.
Ah, algo creo que me contaron le respondió.
Y sonrió.



miércoles, 15 de julio de 2020

ÉL


Me pregunto si Caronte estará ansioso de llevarme al inframundo. Yo lo imagino en su barca, apoyado en su remo, golpeando rítmicamente un dedo huesudo contra la madera, creando un eco terrorífico, pero por demás hermoso, soñando con mis monedas.
El pago bien será dado. No soy de tener deudas. Ni quisiera que esta vez sea la primera. ¿Quién sabe dónde podría terminar? Es de seguro que estará contando los segundos que faltan para llegar a este muelle antiquísimo y cobrar su pago. Pero me intriga ese momento. ¿Me preguntará algo? ¿Acaso seré yo el interrogador? Pero seguro que el encuentro, breve o largo, será intenso.
Veo a lo lejos una luz pequeña, que va creciendo de a poco, como un faro. Se hace más intensa la luminosidad, ahora puedo ver las sombras del abismo ante el cual estoy parado, ansioso. No tengo miedo ni espanto. Ya lo dijo el Dante -"Dejad toda esperanza los que aquí entraís".
Ya diviso la silueta que ha de ser él. Una farola colgada en la proa de la barca es la que marca el camino, formando sombras de las almas perdidas en las paredes cavernosas. Siento un escalofrío recorrer mi espalda. Mi mano en mi bolsillo, los dedos revolviendo buscando el pago. Que alivio encontrar las monedas requeridas.
El faro se acerca dándome su luz cálida de lleno en mis ojos. Los entrecierro y mi mano con sus monedas tintineantes intentan tapar ese increíble fulgor.
Un ruido de entrechocar madera, la barca ha atracado. Se oye rechinar de dientes. Una sombra cae sobre mi y un frío intenso cala mis huesos.
Estiro mi mano con las monedas y levanto la mirada al barquero.
Oh, es él.
Caronte.

jueves, 18 de junio de 2020

IMPERFECCIÓN DEL AMOR PERFECTO EN PROSA



Hoy escribo para no morir. Porque tengo esa necesidad ante la majestuosidad que miro, de permanecer en la mente de un amor. Alguien que recuerde mis ojos y la cantidad de veces que la hice reir. Que acurrucada en su cama por este frio invernal, recuerde mis brazos envolviendola y que ese calor del pasado la abrigue más que sus frazadas. Porque tengo la necesidad de "ser". La entidad del amor de pareja, que mis besos y abrazos la lleven al mismo lugar que estoy ahora. Que se sienta rodeada de bosque y pájaros en cada beso. Que sienta el vacío del estómago en cada abrazo, el mismo que siento ahora al mirar el horizonte lleno de montañas y nieve. Porque eso quiero ser, el día y la noche. La caricia y el cariño. La pasión y el compañerismo. La comida que te espera y la sonrisa que sabés que tendré al verte llegar. El amor no da ni toma, excepto de sí mismo. Porque el amor va más allá de fronteras, distancias, colores y miradas. Porque aún ciego podría leerte y enamorarme una vez más. Porque sordo aún me imaginaría en mi mente el sonido de sus besos y el color de sus abrazos y sentiría sus rizos en mi rostro. Porque el sonido de niños, propios y ajenos, me llenan más de amor que la soledad que hoy tengo. Por eso vengo aquí, a la soledad de la montaña, porque aquí al pensarte no me siento solo. Porque el amor no es soledad, el amor no sabe que lo siento. Él solo sabe que lo uso para darte forma, imaginarte, adorarte. No existen las imperfecciones, la perfección de una mujer está en el pedestal que la ponemos a pesar de esas pequeñeces que nos hacen distintos y le decimos imperfecciones. Solo el amor es real. Y ni él lo sabe. Nosotros, yo, le doy esa entidad al amor. Porque el significado de amar, es observar tus ojos, reflejarme en ellos y verme ahí, como tu me ves. Imperfecto, perfecto para tí.

Por eso no quiero morir y escribo para que me leas y eternices en tus propias risas, al recordar estas palabras. Que el amor es imperfecto, pero perfecto para su amor. Porque solo ese amor, verá lo que nadie vió.

Ga.

lunes, 13 de enero de 2020

EL 59


Ya ni recordaba cuántos años pasaron desde la última vez que la vio. Esa risa contagiosa, las eternas horas hablando de todo, de lo más profundo hasta lo más insignificante y superficial. Horas y horas de chat y webcam, así se conocieron, así se enamoraron. Ella era poeta y él adoraba leer lo que escribía en su blog. Eran muchos los ratones de Anubis que correteaban libres por su mente. Cuando se conocieron luego de muchos meses de charlas se dieron cuenta que eran tal para cual, eran las agujas de un reloj, que giraban hacia el mismo lado, de forma lenta y despareja, pero en perfecta sincronía de tiempo.
Años después siempre que volvía a Buenos Aires inevitablemente tenía que pasar por los mismos lugares que tanto habían caminado, de la mano, abrazándose y besos interminables que no les permitían llegar a tiempo a ningún lado. Y transpirados, dormían todas las noches pegoteados, el ventilador de techo del hotel no alcanzaba, muertos de calor por ese verano abrazador de baires.
Ahora se paraba en la esquina de la heladería Per Té y se quedaba largo rato mirando el cartel y recordando a su amor. En su mente la veía caminar con sus pantalones finitos de verano que delineaba perfectamente su cadera y a cada paso que daba con ese contonear de mujer madura la deseaba a muerte. En su cabeza solo aparecía ella, cada viaje que hacía, cada vez que el avión aterrizaba suspiraba de tristeza, estaba tan cerca y tan lejos de ella, solo en esos recuerdos ella vivía en él. Aún podía sentir el aroma de su perfume, cada vez que viajaba en subte sentía ese olor y se daba vuelta buscándola entre la gente, pero sabía que era imposible, estaba a miles de kilómetros y hacía años que había terminado todo.
Esa heladería era un faro en ese mundo de edificios que tapaban el cielo y los autos y personas que a veces tapaban los carteles de las direcciones, le servía de punto de referencia cuando el bondi lo llevaba a la clínica Alexander Fleming, ahí debía bajar, si o si tenía que buscar ese cartel. Ansioso, con miedo de pasarse y tener que caminar de más y perder turnos con los médicos. Y ansiedad de recuerdos. De extrañar oírla reír, esa risa estruendosa y contagiosa. De acariciar su pelo, esos rulos rebeldes, besarla, de mirarla al caminar. De acariciarla. Extrañaba verla fumar.
La distancia, no la edad. Los kilómetros. Verla sufrir con su sufrimiento. Ver en sus ojos y en su mente, si, leía los pensamientos de ella como un libro abierto, que era capaz de dejar todo e irse con él. Esa chispa de locura de amor, de saber que es el único amor verdadero que vas a tener en la vida, que te saca de la fantasiosa realidad en que vivís. Lo vio en sus ojos. Sintió como su mente trabajaba buscando la solución, la desesperación y el llanto posterior que llegó durante la madrugada mientras él dormía.
El sollozo le despertó.
Y la soledad de ella.
Fue cruel, si, lo fue. En realidad las palabras que le dijo fueron crueles, solo las palabras. En su pecho moría la sensación de pertenencia. Sabía que de ahí en más siempre iba a estar solo. Con otra mujer seguro haría su vida, pero seguiría siendo la sombra de ese amor. Siempre sería “solo”.
¿Para que destruir su vida ya armada, su familia, su trabajo? Por un amor al cual iba a tener que cuidar toda la vida, la enfermedad tarde o temprano no solo le iba a quitar la vida de una u otra forma, les iba a quitar el amor a ellos. Los iba desgastar, torturar, debilitar, desesperanzar. No quería que lo viera así, tan débil y sin fuerzas. Tan vulnerable.
Durante esos días a su lado tuvo felicidad, pero por las noches en su cabeza solo había sombras. La tristeza de saber de innumerables y eternas cirugías, clínicas, médicos, estudios y una vida corta y mala.
En ese instante que dentro de su pecho ya nacía la idea de irse y no volver, ella sintió ese quiebre en su corazón. ¿Cómo no iba a sentirlo si los dos eran uno?
Y ese fue el sollozo de ella que le despertó.
La realidad era irrefutable, las cosas que le dijo, que le abrieron los ojos fueron crueles. Le mostró en su cabeza como sería su vida.
Mejor sin él.
Y esa fue la última noche que durmieron juntos en ese hotel a kilómetros de distancia de sus hogares. Cada uno en el extremo opuesto del mapa.
Ahora cada vez que se subía al bondi 59 y cuarenta y cinco minutos de viaje después llegaba a la Avenida Cabildo y Céspedes, el lugar que le recordaba que el amor más profundo, es aquel en cual se da la vida por las personas que se aman.
A su lado ella no habría vivido. Siempre pensaba en su risa y sus rulos y le deseaba que sea feliz, en paz.
Un hombre de unos cincuenta años tomaba un helado en la vereda de la heladería, sentado en una silla que tenía mesa y sombrilla. Hacía calor en Buenos Aires. Estuvo largo rato, como si no quisiera irse. Se limpió el helado pegajoso de los dedos, miró una vez más la heladería y sonriendo como si recordara algo lindo, se levantó, tomó su bastón y se fue rengueando por las calles empedradas del barrio de Colegiales, hasta la clínica.

sábado, 13 de julio de 2019

UN DUENDE

Elegía un durazno en la feria del pueblo, lo miraba atentamente, le daba vueltas en su mano mirando cada pelusa de cerca. Buscaba cada imperfección que pudiera tener, color, olor, aspereza al tacto.
La señora del puesto de frutas le conocía, así que le dejaba tranquilo con el tiempo que se tomaba en elegir un durazno.
Y no por ser paciente ni buena vendedora, sino porque aquel era un duende y a los duendes se les tiene paciencia, todos saben que a los duendes hay que tenerles paciencia. Pero no era como los duendes de la televisión o el de los libros de fantasía.
Tenía una figura distinguida, un porte casi caballeresco, un cabello largo y rizado como ala de cuervo –las alas de cuervo por aquellos lares eran terriblemente negros, como ala de cuervo-.
Olía las frutas casi como si fuera lo único que le importara en el mundo, sus manos gráciles se movían como el arco de un violinista virtuoso.
Parado ante los cajones de duraznos, se inclinaba un poco hacia el lado izquierdo, se apoyaba con la mano derecha en un bastón y la empuñadora tenía la forma de un dragón.
Las personas ya no le miraban, se habían acostumbrado a su presencia, al principio era todo habladurías, hacían apuestas entre susurros los motivos de su llegada al pueblo. Tampoco era que el pueblo estuviera pendiente del duende, pero sí, estaban todos pendientes del duende.
Era alto para ser un ser fantástico, en realidad nadie había conocido otro duende que no fuera él, pero se los habían imaginados más altos ¿o eran los Elfos los altos?
En todo caso tenía una figura llamativa, su andar era vistoso, sus gestos eran distintos, bah todo él era figurativo.
Y como se habrán dado cuenta, no le importaba un comino lo que pensaran.
Al final se decidió por uno, ni muy maduro ni muy verde, ni muy rojo ni muy azul. Ah me olvidé de contarles, los duraznos en aquel pueblo chismoso eran azules, rojos cuando estaban verdes. ¿O era al revés?
Volviendo al punto, tomó aquel durazno, pagó con una moneda de plata y siguió recorriendo los puestos de la feria.
Le gustaron unas cucharitas para el té hermosas, pero no las compró ya que nadie tomaba el té con él. Unas alpargatas con borlas doradas en las puntas le llamaron la atención. Pidió su talle para probárselas. En ese momento, se hizo el silencio en la feria. Los puestos más cercanos colgaron un cartel en los toldos que decía: “vuelvo en cinco minutos”. Y todos se quedaron mirando ese momento que se había congelado en el tiempo.
Querían ver sus pies de duende.
Como todos ya saben, los pies de duendes son especiales, pueden predecir el futuro y la cantidad de dedos demuestra la cantidad de dragones que mató dicho duende dueño de esos dedos.
Se sacó el mocasín derecho, hecho de piel de lagarto de suegra –el lagarto de suegra si no lo conocen, es un lagarto bigotudo- y relucieron de limpios sus cinco dedos, normales. Se escuchó un “ohhh” por lo bajo de desilusión, por la poca cantidad de dragones muertos y todos siguieron con las ventas sin ya mirar de nuevo sus pies.
Se sentían fantásticas, eran cómodas a más no poder. Como si hubieran sido fabricados para la realeza, en realidad sí eran para la realeza. Pero esa es otra historia que nada tiene que ver con el ser de este cuento.
Así que terminó probando ambas alpargatas y camino unos metros tanteando fuerte el suelo, como se debe hacer.
Repartió otra moneda de plata y siguió rumbo entre los puestos.
Se emocionó casi hasta las lágrimas cuando encontró un baúl viejo y lleno de tierra en el rincón de una pared.
-Buena gitana, ¿Qué precio tiene el cofre de madera?
La gitana, que era una belleza de ojos negros y pelo negro largo y enrulado que se movía graciosamente con la pequeña brisa como si quisiera acariciar el rostro del duende,le miró sabiendo de ese brillo de codicia en los ojos que el duende no pudo disimular.
-Diez monedas de plata mi buen señor.
-¿Cómo que diez monedas? –tartamudeo de furia. ¿Usted me quiere tomar las orejas por tonto?
Recuerden que las orejas de los duendes tienen formas particulares y la peor ofensa que se le puede hacer es mirarlas fijamente.
-No mi buen señor -dijo la hermosa mujer que levantó una mano tintineante de
pulseras y anillos, para acomodarse los largos rulos mientras le miraba directamente con una semi sonrisita divertida.
-Disto muy lejos de ofenderle, pero es un buen cofre y vale diez monedas mi señor.
Mientras tragaba su furia y masticaba las ganas de tener en sus manos ese tesoro, metió la mano en su chaqueta de serpiente de Sefolk –todos saben que esas serpientes tienen colores muy bonitos, sacó su bolsa de cuero de Anilorac en donde guardaba sus monedas más amadas, contó y le entrego lo requerido, sin atreverse a mirar nuevamente esos ojos de gitana tan cautivadoramente fascinantes que llegaron hasta su corazón.
Tomó el baúl y…lo abrazó.
-Gracias, gitana codiciosa -le dijo como despedida mientras le guiñaba un ojo, escondiendo con mucho esfuerzo una sonrisa de enamorado. Porque ella lo sabría.
-A usted mi señor –le dijo con una sonrisa pícara guiñándole un ojo. Ella lo sabía.
Caminó el resto del sendero del bosque hasta a su hogar ensimismado en sus pensamientos.
Al llegar encendió las antorchas y encendió el fogón, se calzó las alpargatas nuevas, mientras cocinaba la cena, una pequeña paleta de siervo que había sobrado del invierno anterior, se servía una copa de vino de Ecnop, era un vino único, suave y picante, profundo y sabroso que le había dejado un gusto, casi adoración por ese líquido imposible de tener, lo degustaba entre placer y recuerdos de aroma a pino y bosque, mientras bajaba por las escaleras que llevaba a los calabozos con el baúl en la otra mano. No eran calabozos como los de antaño, estos estaban muy bien decorados, habían hachas de combate y espadas colgados en la pared, un par de esqueletos colgando de unas jaulas de castigo solitario y tres potros de estiramiento que había usado unos cientos de años atrás y que le recordaba cuanto dolor había causado a los demás. Eran calabozos acogedores y tiernos.
Tomó unas llaves de la mesa de cuchillos y abrió una celda, la sonrisa casi iluminó la obscuridad de ese cuarto, en realidad sí la iluminó, todos saben que cuando los duendes sonríen por amor, sus dientes irradian luz, todos lo saben. Puso el cofre de madera en el suelo, lo abrió y le puso pasto seco a modo de cama. Sacó el durazno de su bolsillo y con ternura comenzó a llamar suavemente.
-Zor, Moldul, Atrix, Cymbo, Croína.
Del fondo de la celda salieron cinco pequeños dragones que se acercaron a sus alpargatas para olfatear las borlas.
-Miren lo que les traje.
Al ver el durazno empezaron a graznar, todos saben que los dragones pequeños graznan cuando ven un durazno.
Puso la manzana en el cofre y los cinco pequeños se metieron ahí y empezaron a mordisquearla. Tomó el baúl con los cinco pequeños y subió las escaleras, los acomodó cerca del fogón y él se sentó en el trono de oro a terminar su vino mientras se cocía el ciervo en la gran olla Essen de hierro.
La cantidad de dedos de un duende es por la cantidad de dragones que ama, todos deberían saberlo.













jueves, 30 de mayo de 2019

AMADA POR SIEMPRE

La nieve cubría la entrada de la cabaña. Apenas un sendero de huellas se abría desde la puerta hasta la leñera. Los copos caían grandes y pesados, en cámara lenta quizá. El hombre miraba por la venta los árboles que se abrían al bosque, en el pequeño claro donde estaba su cabaña. Adentro crepitaba en el hogar los troncos ardientes, las llamas irradiaban esa felicidad calórica única e incomparable, las sombras danzantes del fuego se reflejaban por toda la estancia, como si jugaran a las escondidas entre los muebles.
En un sillón frente a fuego descansaba un libro, -La Invención de Morel- dejado abierto como al descuido,
En la mano una taza con un té caliente con el vapor llenando los espacios en blanco de su mente. El hombre de casi cincuenta años miraba a lo lejos. Como si recordara algo, o en su mente se sucedieran imágenes que no podía dejar de pensar. Cada tanto daba un trago de su taza y le agregaba otro tronco al fuego para volver a su posición de observación por la ventana.
Un perro de raza indefinida pero enorme dormitaba sobre una alfombra cerca del hogar, por momentos se despertaba y miraba a su amo olfateando el aire, preocupado, intranquilo. Pero volvía a ese sueño insondable donde soñaba con juegos pasados, correteos en una playa de arenas blancas y un faro.
Terminó su té y lavó la taza, se puso una campera y el gorro de lana. El frío le golpeó en la cara al abrir la puerta, entrecerró los ojos mirando alrededor y apretó la mano contra su revolver Colt en la cadera, una costumbre, casi un tic. Y empezó a caminar despacio en la nieve. Acomodó una lona que tapaba la leña en el galpón improvisado para que no lo mojara la nieve. Se calzó las raquetas para nieve profunda tomó una mochila y cargó una pala, el hacha y encaminó hacia el bosque. El perro miraba atentamente por la ventana los movimientos del hombre, cuando lo perdió de vista entre los pinos volvió a su alfombra y mientras gruñía por lo bajo se durmió otra vez.
Las ramas altas estaban cargadas de nieve, los árboles se doblaban bajo el enorme peso de los copos caídos. A veces no alcanzaba a esquivar la avalancha que le caía en la cabeza al pasar y el golpe casi lo atontaba, eran decenas de kilos acumulados.
Cuando llegó a su destino sacó la pala de la mochila y empezó a despejar la nieve. Con el hacha cortó ramas y troncos caídos, amontono todo para en otro viaje llevarlos a la leñera. Con un trapo empezó a limpiar la piedra. Mientras lo hacía las lágrimas caían casi con la misma lentitud que los copos de nieve a su alrededor. Con un pequeño cepillo de cerdas limpiaba las letras cinceladas en la fría piedra. Cuando terminó, se secó las últimas lágrimas, guardó todo en la mochila y le dio una última mirada a la lápida antes de emprender el camino de regreso al calor de su cabaña solitaria.
Mientras caminaba de regreso en la profunda nieve, en su cabeza resonaban las palabras de la piedra.
Amada por siempre.

sábado, 23 de marzo de 2019

VISTE"Z"

-O sea nada, yo siempre, bueno me gustaba así que estudié yoga y visteZ y me metí en el ReiQQui y me pareció super re copada la onda, o sea nada visteZ pero como nunca terminé de estudiar, bah pasa que tengo eso como que no me gusta atarme visteZ como que soy demasiado libre y Zero estructurada...vistez y por ahí si pinta una salida agarro un bolso y me fui donde pintó......VISTEZZZZ. ah, no pareces profe. A mi no me gustan los pibes, como que no los soporto que te invadan y todo eso y bueno, nada. ¿Te acostumbraste a eso no? aparte me parece horrible eso de que los maestros no laburan nunca y tienen vacaciones re largas vistez, es como que te lees un par de libros que te da el gobierno opresor de turno y te da un título para que bajes linea y siga creciendo el monstruo de la esclavitud mental, bah me parece a mi eso que se yo vistez. Perdoname que te sea sincera a veces la gente cuando salgo a vender sahumerios o panes y esas cosas trato de contenerme y no hablar vistez porque ahí yo se que la re cago si algo te jode decime porque yo me embale vistez ni la meditación me calma cuando me embalé porque arranco vistez y yo no me depilo las piernas ¿no te jode eso no? porque bah creo yo es continuar vistez con la base que creó el machismo para....

Nota del autor: absolutamente real, no hay una palabra de más ni de menos de esta charla desconcertante con una bellísima TrelewenZe de pura cepa patagónica.