miércoles, 13 de noviembre de 2013

NOVENA



No era otra cirugía más. Era la número nueve. Esta vez lo operaban entre dos médicos, su cirujano ya no se animaba a operarlo solo. Otro viaje, más papeles para llenar, trámites interminables. Pero tenía un alojamiento cómodo adonde iba. Esto le daba tranquilidad, paz momentánea.
En la cabeza tenía mil cosas para pensar, cada operación era casi una despedida, desde el miedo de quedar en silla de ruedas, hasta la cercanía de la muerte como ya pasó en otras oportunidades en la camilla del quirófano.
No sabía como quedaría, nadie le daba respuestas a eso. Solo ver la evolución de la enfermedad. Esta no era mortal, pero si eran mortales los riesgos que corría en la clínica.
El viaje era largo y tedioso, aunque era cómodo el auto, los dolores se hacían insoportables. No lo demostraba en la cara, estaba acostumbrado a esconder las emociones. Y con el dolor hacía lo mismo.
Siempre que viajaba llevaba un par de libros de criminología, que nunca leía. No porque no tuviera tiempo, cambiar de ciudad aunque sea por unos días, le activaba la mente de tal forma, que sus neuronas se dedicaban exclusivamente a registrar todo lo que veía. Tenía la obsesión de observar todo a su alrededor, hasta los mínimos detalles. Los edificios, la gente, los autos.
De las personas veía, como iban vestidas, los gestos, escuchaba lo que decían y lo que decían a través de sus movimientos. Esto era lo más importante. Lo que escapa al común de las personas. El movimiento de los labios al hablar, las manos, la postura corporal, el movimiento del pelo. Todo lo que querían ocultar.
Con los autos tenía más bronca que otra cosa. Veía como conducían y no faltaba oportunidad que puteara a algún conductor que frenaba sobre la senda peatonal, estacionara en una esquina y lo que más le enfurecía, era ver autos estacionados sobre la zona de discapacitados. El podía, pero algunos ineptos no le dejaban, el bastón a parte de ser un sostén le permitía tener un poco de “respeto” por los conductores. Pero esto no era así. Un poco más y tenía que pasar corriendo con el bastón para que no lo pisen. Muchas veces tuvo ganas de partirles el parabrisas a bastonazos, pero el que iba a ir preso sería el. Ni hablar de que la gran mayoría de infractores, eran mujeres. Ni una pizca de sensibilidad para con los discapacitados pero esto era algo típico de las ciudades grandes con infinidad de autos, camiones, colectivos, bicicletas de contramano etc.
Lo que le fascinaba eran los edificios, mirar su estructura, su diseño, algunos tenían tantos años como la ciudad. No podía sacar fotos porque no tenía cámara, pero todo quedaba registrado en su mente.
Muchas veces se imaginaba los lugares y en su mente construía escenarios de distintos tipos. Tenía una capacidad innata para ver situaciones antes que sucedan, se anticipaba. Podía darse cuanta si iba a suceder un accidente, un choque, los movimientos de las personas al andar. Esto muchas veces le salvó de que lo arrollara un auto, un colectivo, una bicicleta.
Su cerebro creaba un sin fin de posibilidades. No tenía noción de lo que sentía o pensaba, era automático. Esto lo abstraía un poco de lo que iba a suceder en pocos días. El ritual de siempre.
Internación, espera tediosa. Miedos. El ir y venir de enfermeras. La bata de cirugía que odiaba, porque le daba vergüenza. Sufrir a algún compañero de habitación y las innumerables visitas que con risas charlas le ponían de malhumor. El quería silencio y tranquilidad mientras esperaba su destino. Este era esquivo, era en lo único que no podía anticiparse.
Esperando que la enfermera entre para ponerle suero y prepararlo para el cuchillo.
Y la consabida, —bueno, es tu turno.
Subirse a la camilla, pasear por ese pasillo angosto lleno de gente extraña que te mira pensando, ahí va otro al matadero.
Entrar al quirófano, pasar a la otra camilla. Monitor cardíaco en el dedo. El bip bip, no lo tranquilizaba y  el aparato sonaba más rápido. Se acordaba del lago, del agua cristalina y de su hija. Eso lo tranquilizaba. Siempre le decía la anestesista —hola soy la anestesista que te va a dormir.
Le ponían la epidural, que casi siempre necesitaba tres o cuatro pinchazos dolorosos en la espalda. Después decía ahora viene la anestesia, en unos segundos vas a ver borroso.
Cuando ya sabía que la obscuridad iba a entrar en sus ojos. Se encomendaba al destino y tres palabras se formaban en su mente.
Te amo hija.

lunes, 2 de septiembre de 2013

LA NOCHE EN PROSA



Destino esquivo que no supo encontrar, ayeres pasaron y las mañanas son confusas. El presente como un regalo no quiere entrar en el pecho acongojado. Solo se sienta en la puerta de las afrentas y traiciones. Traiciones, una palabra tan fuerte que se me atraganta. La saliva espesa quisiera ser tragada, pero la garganta atorada con el corazón, no puede pasar.
Solo el hastío es más fuerte que el dolor. Corazones rotos que fueron atormentados con fantasías de amor inconclusos.
¿Quién no fue endulzado con las suaves caricias de un corazón? Y encontrarse con el amargo despecho de la traición.
La noche es larga, no esta hecha para dormir, para sufrir quizá. En donde el reposo es ganancia de los ingenuos. Para los que viven en la vorágine de la vida es un psicólogo que no cobra en dinero, se lleva las horas de sueño.
Malos pensamientos se acurrucan en la mano, crispadas de furia, blancos nudillos que antaño supieron acariciar, amar, adular. Hoy se meces esperando la oportunidad de dar ese golpe mortal a uno mismo, del que ya nada tiene, del que ya nada tendrá.
Suspiros y susurros llenan la noche. Son cánticos de llanto y dolor. Son alabanzas del corazón roto, esperando, rogando que el cruel martirio termine, para no dar más los ojos en regalía. Los ojos del destino que ya no miran, solo se quedan secos y resquebrajados.
Alguna vez el cuerpo ajado, supo ser un procer alado. El que remontaba en las nubes del cariño. Donde un Te amo era su alimento. En cual se sumergían en aguas del infinito. Para ser uno solo, los dos pares de ojos.
El infierno gobierna en mí, poesías sin escribir, muchos te amo sin decir. Calambres de la mente debo padecer, en donde los misterios del alma quise sostener.
El alma que casi creía tener. El calor espiritual que me sacó al robármelo.
Solo recuerdos de un viaje a donde no fue. Un camino que nadie recorrió.
Sigo esperando los vueltos del corazón. Ese que una vez soñó con razón. Ser el único en la tierra.
Y se partió en dos.

sábado, 27 de julio de 2013

LA SOGA



Mientras hacía el nudo de la soga en su mente buscaba motivos para no hacerlo.
¿A quién mierda le va a importar?
Seguramente los de telefónica y movistar si llegaran a aparecer con una boleta –se contestaba con una risita taimada.
En el trabajo seguro que se dan cuenta al toque, cuando tengan que dar parte de los que faltaron.
Y con los vecinos no tengo más trato que un saludo ocasional cuando nos cruzamos, pero nada más. Así que tampoco en el barrio lo verían.
La familia, bueno, es algo especial, no tengo trato con mi familia, de mi padrastro mejor ni hablar, siempre tuvo palabras para los demás, pero para mí…silencio siempre. No es mi culpa que haya tenido que cargar con el hijo de su mujer (o sea yo) pero era el paquete completo, mujer+ hijo. Y si su mujer no quiso darle hijos, bue que se joda por pelotudo ¿no? No es mi culpa.
Y la relación que tenía con su madre era por demás neurótica, le comió el cerebro desde que tenía uso de razón, pero si el pobre tipo tuviera que entrar en detalles toda la tortura que fue soportar a su madre, sería un cuento interminable y le pasaría el trapo a Norman Bates. Tampoco se darían cuenta.
Así que no había mucho por decir, una ex pareja, la mujer que más amó se había transformado en la peor puta y más bajas de las mujeres, compararla con escoria era insultar a la escoria misma, con hijos como sanguijuelas que solo les importaba la droga, la joda y el dinero fácil, el oro y el Moro. Y de decepciones ya tenía mucho, ver en lo que se había transformado su amor, con todo lo que sabía y callaba, era aberrante en realidad. Su corazón se terminó por derretir. Dejó de verla. Tampoco lo vería hacer eso.
No había nada ni nadie que se lo impidiera.
¿Amigos?
Pocos y cada uno con sus propios dramas, para que ir a molestarlos con pequeñeces. Lo que iba a hacer en realidad era insignificante para los demás.
¿Hijos?
Nunca quise tener, ¿para qué? Para que al primer drama o alguna boludez se escape con mis hijos de la misma forma que hizo mi madre conmigo? Ya lo viví una vez, no pienso que se repita otra. Yo ya se lo que es que huyan con un hijo de los dramas para no enfrentarlos valientemente, es mejor escapar dicen. Yo fui alejado de mi padre en la distancia, la peor ofensa contra un padre. Así que no le pienso dar la oportunidad a alguna perra que haga lo mismo conmigo. No tenía hijos que le vieran así.
Se dio cuenta que mientras pensaba en estas cosas había dejado de armar la soga. La miró unos segundos y empezó a reírse.
-Que vida de mierda tenemos. Se había vuelto un poco filosófico.
Nacemos, sufrimos como un perro para crecer estudiar, trabajar y morir como el más pelotudo de todos….de viejo.
Es ridículo si nos ponemos a pensar, ¿qué sentido tiene la vida? Ninguna.
Tenemos hijos para condenarlos a muertes, si, a muerte. Del mismo momento en que nacen, le ponemos fecha de vencimiento a los pibes.
QUE PELOTUDOS SOMOS.
O sea, si no tenemos hijos, me ahorro de enviarlo a la muerte. Total como morimos primeros que ellos, nos ahorramos la culpa. Jaja que hijos de puta somos. A no ser que se mueran antes por nuestra culpa, por no saberlos criar correctamente y terminen en la morgue… ¿no?
En fin, la vida es una paradoja que ni el mismo Dios al que todos le hablan y rezan, no se digna a contestar la pregunta más fácil de responder para poder tener una vida con SENTIDO.
¿POR QUÉ MIERDA VENIMOS AL MUNDO?
Pero ni él la debe saber, debe estar jugando al metegol con las cabezas de los decapitados en los accidentes de tránsito. Que si lo ves de dos formas: o él quiso que se hagan mierda, o él los hizo mierda.
Pura filosofía existencial.
En realidad todos sabemos que Dios no existe, solo el la demostración metafísica de la necesidad que todos tienen de saber que su vida no ha sido en vano, inútil. Entonces inventan un Dios para poder creer en algo, para poder vivir eternamente luego de morir.
Por eso ni me gasto en pedirle ayuda al pelotudo ese. Para que luego me vengan los evangélicos a decirme que Dios te dio libre albedrío jajaja que risa.
Claro, cuando el cirujano le salva la vida a uno, la familia dice gracias a Dios, gracias a él se salvó. Ma que gracias a él, se salvó porque el médico estudió años para hacerlo.
Eso sí, si el médico se equivoca, le hacen juicio por mala praxis. Pero, ¿cómo, no fue Dios entonces el que se equivocó?
¿Por qué carajos estoy pensando todas estas pelotudeces?
Al final no voy a terminar más.
Dicho esto se levantó de un salto del piso, se fue hasta el patio, tiró la soga arriba de la rama más gruesa (debía soportar todo su peso, que no era poco) y empezó a atarla con toda paciencia para que todo sea perfecto.
Cuando todo estuvo como el quería, suspiró profundamente y se encaminó a su destino.
Su cuerpo se mecía fuertemente aún cuando se escuchan pasos que llegaban hasta él.
-¡GA!...¿qué haces así?
Nada, armé una hamaca, tenía ganas de volar alto, casi puedo ver el patio del vecino de tan alto – le dice riéndose como un nene.
-Pero vos sos boludo, estás en bolas tarado de mierda. Le dice furiosa y medio riéndose por la situación.
La verdad que verlo con la panza moviéndose para todos lados con el impulso, la lengua afuera con los labios manchados de saliva por la excitación. Era comiquísimo.
Era escatológico, ni el mismo Dante podría describir esa escena.
-Es mejor así, el viento parece llevarte.
-Sos un boludo –fue la respuesta de ella.
Movió la cabeza desesperanzada y se metió en la casa. Sacó las cosas que compró en “Ladrónima” y se puso a cocinar, cada tanto miraba por la ventana y lo veía columpiarse desnudo en la hamaca que habia fabricado.
Movió la cabeza desaprobando la situación. Siguió preparando las milangas con un rictus en la boca.
Hasta que empezó a reírse. Pero reírse de en serio, tanto que empezó a gruñir como los chanchos con cada respiración entre las risotadas. Cuando se calmó un poco. Miró por la ventana largo rato.
Se acercó al sillón y fue dejando sobre él toda su ropa, abrió la puerta y corrió desnuda hasta la hamaca y se quedó esperando.
Que fuera su turno.

Gabriel.

miércoles, 24 de julio de 2013

EL HOMBRE DEL BOSQUE


 Tenía un pantalón gastado por el uso, un pullover grueso para el frío y una sonrisa bonachona que ilumino la llegada. Me esperaba a la vera del camino para que no me perdiera ya que fueron veinte kilómetros en senderos montañosos y fangosos por el clima.
Así estaba esperándome el hombre del bosque.
Ese fue el nombre que cariñosamente le puse en mi mente. Este hombre me invitó a su casa y a conocer su pequeña imprenta, perdidos las dos cosas en Mallín Ahogado, pleno bosque helado y congelado por el invierno. No había una entrada, era un sendero cuesta abajo nada más. La casa no era grande, pero toda de madera rústica. Al entrar creía que estaba en una de esas que uno puede leer en alguna novela sobre los hombres rudos de Alaska, combatiendo los inviernos crudos y sobreviviendo gracias al carácter.
Pero estaba alejado de la realidad, era un lugar al estilo Dickens, frío pero agradable. Infinidad de cosas en por todos lados, una rueca con una lana a medio terminar, semillas de calabaza secándose y un gato que rogaba por unas caricias. En un momento casi me sentí dentro de un agujero Hobbit.
Saludé a su señora y al hijo, pocas palabras, pero es típico de alguien que está acostumbrado a tener visitas conocidas y yo ahí resaltaba como un citadino en una granja. No dejaba de ser un extraño, desde mi punto de vista, ya que me hicieron sentir como en mi casa.
Luego de charlar y unos pocos mates, la conversación de literatura fue derivando hasta terminar en una charla filosófica de la vida y las enfermedades. Lamentablemente en su familia también vivían luchando diariamente con una enfermedad, en este caso grave.
Sus ojos claros como el cielo que empezaba a obscurecer, no tenían un dejo de bronca o tristeza, lo que deba ser, será. Esto me recordaba la frase de Alana en “El Faro”.
Hacía frío, aunque cada tanto ponía un palo de leña al fuego, se sentía bastante el frío, ellos estaban acostumbrados.
El hombre me caía muy bien, como se dice “es buena gente”.
Pero me sentía insignificante a su lado, le escuchaba atentamente lo que decía, su manera simple de ver la vida. Que la vida es finita, hay que vivir el hoy, mañana podría no llegar.
Sus palabras me taladraban el cerebro, me daban vueltas, intentando asimilarlas. Tenía mucho conocimiento sobre terapias alternativas oncológicas. Todo natural, sin venenos. Y sentí como deseaba realmente de corazón que algo me hiciera efecto, ya que para él había que buscar la raíz del problema, el motivo por el cual uno está enfermo.
Y eso mismo es la solución.
¿Cuántas veces habremos tenido estrés por problemas en el trabajo, en la familia, en el amor? Y terminamos enfermos de cuerpo y alma. Repercute en nuestro cuerpo.
La teoría de la Terapia Neural, es esa. Tan sencillo como difícil. Ya que debemos llegar a fondo en nosotros mismos para entender el problema.
Y de ahí también parte sobre las Relaciones Toxicas bien explicadas por los psicólogos emocionales.
Es un círculo vicioso.
Poco a poco fui dejando de hablar y solo escuché. Lo escuché a él.
Antes de despedirme le di mi libro y le expliqué el porque del libro. Sus ojos claros perdieron un poco de brillo al escucharme. Como siempre me pasa, se me atraganta la saliva al contar la historia de porque escribí ese libro. Yo tengo memoria, no olvido ni olvidaré quien es El Faro. Aunque sea una historia mal contada, mal narrada y hasta plagada de errores por culpa del editor (perdí plata) la idea es que la gente supiera que el amor que había en mí podía ser escrito.
Creo que el hombre lo entendió.
Cerramos trato para terminar y editar la segunda parte de “El Faro”, volví a Bolsón contento, feliz de terminar la historia y triste, porque es el fin de esta novela. Aunque el primer libro fue editado y a nadie le intereso este tributo (ni siquiera por la memoria de para quien fue escrito se interesaron y realmente lo boicotearon) por eso, esta segunda parte la escribí para mí. Es el libro que me gusta, lo disfruté al escribirlo, y como con el anterior, lo compartiré con la gente.
El Faro termina aquí, pero los personajes como en todas las historias tienen vida propia y algunos de ellos rondan por mis blogs, solo es cuestión de saber leer entre líneas, interpretar al autor y llenar los espacios vacíos con sus propias conclusiones.

Esta historia la cuento en primera persona, ya que así la viví.

Gabriel

lunes, 8 de julio de 2013

EL FANTASMA



El fantasma no le dejaba en paz, no era de esos que asustan, no podía aún catalogarlo, pero no le causaba miedo.
Andaba por la casa como si fuera suya. El hombre se había mudado hacía un par de semanas y ya desde la primera noche lo vio rondar por la casa.
En realidad daba lástima el tipo. Se nota que se había ahorcado porque un pedazo de cuerda todavía lo tenía atado en el cogote. No hacía ruido al caminar, pero lo que le sacaba de quicio era sus lamentos, quejidos y lloriqueos. A veces en medio de la noche se levantaba y le gritaba que se callara, lo que el fantasma contestaba con unos sorbidos de mocos y como que se limpiaba la nariz en algo, por el ruido acuoso que hacía.
Tenía miedo de contárselo a alguien y que le tildaran de loco. Porque la cosa es así, si uno habla con Dios: se lo considera una persona muy religiosa, ahora si Dios te contesta: ¡Estás loco!
En resumen sería lo mismo, la gente cree en fantasmas pero si alguien ve uno, está al horno. Seguro se lo llevan al loquero.
Así que no le quedaba otra cosa que fumárselo al maldito fantasma quejoso.
Una noche de insomnio más era en donde ya la crisis de falta de sueño le taladraba la cabeza, agarró un secador de piso que tenía siempre a mano para sacar los charcos de lágrimas que dejaba el fantasma mariconazo y salió de la habitación a buscarlo, lo encontró justo en el comedor de espaldas a él.
El primer varillazo le dio de lleno en el lomo a lo que el quejoso, empezó a quejarse en serio. El segundo secadorazo fue en la oreja, el quejido se transformó en chillido. Y así le siguió dando por todos lados hasta que el tipo se cansó. El fantasma retorciéndose de dolor en el suelo, se agarraba la cabeza, la panza, las orejas, mientras que el dueño de casa le dice:
-Ahí tenés pelotudo, ahora quejate de verdad, maricón. Y si mañana a la noche seguís con lo mismo, te voy a dar con el rebenque amansa suegras que tengo colgado en el comedor, que seguro a vos te va a servir igual.
Se encamina a la habitación, pero se arrepiente vuelve a donde estaba el otro tirado y le da terrible patada en el traste.
-Fantasma del orto –le dice enojadísimo.
Se acostó en su cama e inmediatamente se durmió.
El fantasma no apareció a la otra noche, ni a la otra, ni a la otra noche.
El amo de casa estaba feliz, nada como unos buenos lonjazos en el lomo para enderezar a cualquiera.

EL PARQUE



Le dio y se dio otra oportunidad, sabiendo como sería. Su mirada fría y distante le dijo que no volvería con él. Ella se hizo fuerte cuando el se alejó. Tuvo meses para recuperarse y enfrentar a la vida como hacía todos los días cuando se fue. Pero ahora era el momento de su venganza. Sabía que ignorándolo no borraría lo que sentía, pero se engañaba a ella misma. Creía que haciendo eso, le pagaría con la misma moneda.
Estaba equivocada.
Había tomado una decisión, la más dura. Seguiría como años atrás, cuidándola desde las sombras, interesándose por su vida y lo que hacía. Ella era feliz sin su presencia, ¿por qué molestarla entonces?
Sabía el error de llamarla, contactarla de nuevo, pero durante años se contuvo para no hacerlo, necesitaba justamente lo que ella le ofreció, desinterés. Para poder seguir con su vida. Cuidándola de alguna forma de lejos, haciéndole el camino más fácil.
A veces la veía en la calle y el corazón se le estrujaba como un trapo.
Un día la vio, corrió hasta ella para decirle, contarle mientras recuperaba el aliento, que él no había desaparecido, solo le habían cortado el teléfono, y luego ya era tarde, el mensaje de adiós le llego a su celular y no pudo defenderse.
Era mejor así.
Años después se cruzaron en un parque, el solo como siempre sentado en el céspéd, ella de la mano con un joven. Primero sintió tristeza, luego felicidad.
Tristeza porque al verlo, sus ojos se transformaron en el mismo desinterés, desdén forzoso con que años atrás le había mirado.
Felicidad porque se dio cuenta que esa mirada era falsa, en el fondo aún había amor en ese corazón. Aunque le mirara con odio, ella misma se engañaba.
Cerró el libro que estaba leyendo, lo guardo en una mochila y con esfuerzo se levantó, la miró una vez más mientras desaparecía a lo lejos de su vista, un chico sentado cerca le ayudó a levantarse y subirse a la silla de ruedas. Se fue solo a su casa.
Era mejor así.

viernes, 14 de junio de 2013

SIMBIOSIS



El arroz se cocinaba. El vapor ensombrecía la cocina dándole un toque a hogar. El silencio era costumbre ya. A veces hablaba y opinaba las preguntas y respuestas de programas en la tele, era el único momento que en su casa se escuchaba su voz.
No le molestaba el silencio, le molestaba su capacidad de estar solo. No era una soledad impuesta, más bien era adquirida lentamente. Aunque estuviera rodeado de personas, igualmente se sentía solo. Pero no era esa soledad abrumadora que con el tiempo termina siendo una triste tortura. Era una soledad tibia, de esas que deja alguien cuando se va. A veces decía que no era solitario, que él era…solo.
Y esa soledad le alcanzaba, le necesitaba para poder mantener distancia del mundo. Distancia de las personas y sus imperfecciones inaguantables, de sus familias imperfectas, odiosas e insípidas, madres, padres y entenados in—so—por—ta—bles, de muertos ajenos, de hijos egoístas y estúpidos que solo piensan en el oro y no el arco iris.
Estaba asqueado de familias ajenas. Familias que le daban más vergüenza, que la vergüenza que sentía por él mismo. Por eso en su soledad se encontraba límpido, le importaba tan poco las personas que se sentía bien así, solo. No era egoísmo, era su propia incapacidad para soportar las personas, soportarlas dentro de su espacio. En su infelicidad, tenía un atisbo de felicidad cuando estaba solo. Tal vez era costumbre, vaya a saber bien que era. A él no le importaba, entonces ¿porqué preocuparse por lo que piensen los demás?
Cuando volvía del trabajo era un alivio tirarse en su sillón y suspirar de alivio, había terminado la tortura de estar con otras personas. De fingir que le interesaba algo o alguien. Solo era mera cortesía. Se había acostumbrado a reaccionar instintivamente ante las palabras de otros.
Eran él y los otros. ¿A quién le importaba eso? A nadie.
Una simbiosis también imperfecta.
El seguía con su vida.
Porque no le importaba una mierda.
El arroz estaba listo.

miércoles, 15 de mayo de 2013

FRÍO



Sus ojos recorrían las caras de todas las personas que estaban esperando el avión. No solo miraba a los pasajeros, también observaba a sus familias que los iban a despedir. Casi se podía respirar la ansiedad ante la espera del avión.
El viento recorría la pista levantando polvo que terminaba golpeando las ventanas del edificio.
El llevaba solo una mochila y una lunchera con su medicación inyectable que debía llevar a todos lados, la protegía contra su cuerpo del amontonomiento de la gente. Ellos ajenos al tesoro que tenía oculto ahí, miles de pesos en ampollas, que eran su vida.
El frío que se sentía afuera sería constrastada con el calor que haría al bajar del avión en Buenos Aires, lugar que no quería ir, pero que era necesario para su salud. Se preparó mentalmente durante meses para el viaje, aborrecía tener que viajar allá. Pero otra cosa no podía hacer. Volvería a sufrir el calor, la humedad, las ratas, la basura, las inundaciones, los cortes de luz, las largas colas, los colectivos, la mala onda de los choferes, los asaltos, las esperas largas, el mundo de gente.
Pero también podría pasear, visitar el puerto, su plaza, los negocios, algún museo, la variedad de negocios y sus precios bajos.
Pero lo que más le molestaba era la clínica, aunque era el mejor lugar con los mejores médicos y una excelente atención, estaba cansado. Cansado de inyecciones, estudios, cirugías y la cara de los médicos. A quienes conocía y respetaba, pero detestaba la cara que ponían al ver los resultados. No había mejoramientos ni los habría. No había solución, solo estudios inútiles y quizá otra cirugía. Y tan lejos de todo, de su mundo, de las montañas, del bosque y los lagos, de su hija, más lejos aún de ella.
Allá solo veía edificios grises y tan altos que apagaban al sol.
Estaba cansado.
El avión aterrizó como siempre. Miró a la gente contenta y sonriente que bajaban por la escalera mirando al edificio, buscando las caras conocidas que estarían esperándolos. Los envidiaba.
Luego de la espera pertinente pasó por la puerta que daba a la pista, el aire frío le dio de lleno, aunque la campera le abrigaba el tenía frío por dentro. Le faltaba algo, alguien que estaba lejos, quería estar sano, poder ofrecerle su amor, poder alzarla en sus brazos y decirle que la amaba más que a la vida misma mientras le cantaba una canción de cuna, pero apenas podía caminar.
El bastón le acompañaba, pero era un lastre como lo es el ancla para un barco. Le ayuda, pero le quita la vida al mismo tiempo. Jamás imaginó todo lo que perdería, pero era mejor así. Su invalidez no residía en su pierna atrofiada y sus tumores. Era inválido en su entereza, hacía mucho que había perdido la esperanza, la fuerza que se necesita para salir adelante, solo esperaba el desenlace, lo que ningún médico se atrevía a decirle, lo que nadie osaba insinuar. Cuando ya no podrían hacer más.
El avión comenzó a correr por la pista, mientras las montañas se iban alejando el lloraba, pero las lágrimas no las veía nadie. Lloraba por dentro, su corazón amortajado por la pena, la pena de la distancia, el dolor de la lejanía. Quisiera mejorar, tener fuerzas para que lo viera entero, sin bastones que lo limiten, sin dolor en la cara, sin quejidos al caminar. Para que pudiera tener lo que le falta.
Un papá sano.

viernes, 12 de abril de 2013

MOMENTOS



Nuestra vida es una serie de momentos. Déjalos ir.
Las fuerzas se iban días tras días. Ya no había dolor, solo la calma y los bellos sueños que deja la morfina. Era el punto en que uno está en paz con el mundo y consigo mismo. Años luchó, pero la enfermedad ganó. Pudo extender su vida unos meses más. Pero prefería vivir sus últimos momentos sin terapias ya inocuas.
A veces despertaba de un sueño y le pedía a ella que no le deje caer. Que lo sostenga en sus brazos. Para sentirse vivo un poco más.
La cama era su mundo, todo lo hacía en ella. Un día supo que sería el último. Y se vió rodeado de la gente que amaba. Los calmantes no le permitían estar del todo consciente, pero los sentía a su alrededor hablando. No podía hablar, pero en su mente sonaban las palabras más tiernas.
Le dolía irse y dejarla sola, pero los recuerdos de ese tiempo juntos ,la muerte no podría borrarlos, sabía que esas imágenes la harían más fuerte.
Abrió sus ojos y les agradeció con ellos todo el amor que le dieron.
Nuestra vida es una serie de momentos. Déjalos ir.

lunes, 11 de marzo de 2013

PEQUEÑA



Cada martillazo se sentía como un cañonazo, la mesa metálica vibraba y la mano le dolía igual que el corazón. La enfermera le iba indicando que clavo debía clavar primero. Se trago la bronca que tenía de decirle, entupida sé como clavar un clavo.
El cajón era pequeño, muy pequeño, de una recién nacida.
Así como nació, se fue. No fue necesaria una autopsia. Desnutrición de la madre (también del padre), nunca jamás un control. Eran jóvenes. Ciegos. No querían ver el embarazo. Solo ocultarlo hasta lo inevitable y después…no lo sabían.
Las contracciones comenzaron en la plaza. Tuvo que aceptar que era el momento y llevarla hasta el hospital.
Ante las preguntas del médico, el silencio eran las respuestas. No sabían cuantas semanas tenía. La llevaron a la sala de parto.
Todo fue rápido.
Dando vueltas en ese pasillo tan feo del hospital, hasta que el médico pasa cerca de él y se acuerda que algo tenía que decirle.
— ¿Vos sos el…?
—Si.
—Mirá, ella está bien, pero la bebé nació muerta.
Y dicho esto, el médico joven, muy joven, lo abandonó sin más palabras para encerrarse en la guardia, mientras el muchacho se derrumbaba en cámara lenta contra la pared, hasta terminar sentado en el piso mugriento.
Trataba de digerir la palabra “muerta”.
Era inevitable que sucediera así y casi sería mejor.
El hambre y el frío. La tortura psicológica y física. Era imposible que ese bebé llegara bien al mundo.
En sus brazos cargó esa cajita de madera con su primera hija dentro. Una enfermera conocida que la vistió con ropita regalada le dijo que tenía ojitos verdes, como él.
Nunca nadie podrá saber lo que sufrió, lo que vivió, lo que sintió. Cuando fue llevado a la morgue, en el patio del horrible hospital, para clavar la tapa del cajón de su hija muerta.
No lloró. Su hija nació y murió un veintiocho de Marzo, él también murió ese día.
Nadie podrá saber lo que sufrió al llevar a su hija al cementerio. Sacar su cajón de pino del baúl de un auto. Llevarla en brazos hasta su tumba y ver como desaparecía en las fauces de la tierra.
Aún hoy siente el retumbar del martillo sobre los clavos.
Caminar por el sendero de mármol con su hija sobre el pecho.
Sabe que está maldito, fue su culpa.
Más de veinte cinco años pasaron.
Desea morir pronto, para pedirle perdón a su hija.

lunes, 4 de marzo de 2013

ANGEL DE PIEDRA




El olor a té de frutillas envolvía amargamente su casa, ese olor de otras épocas le desgarraba el alma. Nunca pudo sacarlo, ni con el mejor desodorante de ambiente. Frenaba el impulso de llamarla, de oír su voz, pero él ya no era alguien en su vida, era nadie, uno más que pasó por sus labios. Ahora besaba otros.
Pero el tiempo no perdona, las horas pasaron para transformarse en un reloj de arena y cada granito era un segundo más que se alejaba de ella. Cientos de veces caminó por su calle, para encontrarla, para verla de lejos, para sentir que su corazón se estrujaba y darse cuenta que aún estaba vivo por el dolor que sentía en el pecho, aunque se creyera muerto.
El tiempo pasó.
Su cuerpo comenzó a empequeñecerse. Nadie se dio cuenta, solo él. Las camisas comenzaron a quedarle largas en las mangas. Las medias le llegaban hasta las rodillas y el saco parecía un sobretodo de tan grande que le quedaba. Al mismo tiempo le llamó la atención todo el pelo que dejaba en el peine cada vez que lo usaba. Él pensaba que serían nervios. Pero sacudía la cabeza como para quitarse esa ridiculez de la mente.
En el trabajo fue la evidencia final para ver que algo no andaba bien. Frecuentemente usaba unos guantes de trabajo, que al ponérselos ese día le llegaron hasta el codo. De su boca salió un insulto al estilo marinero, nombrando a toda la familia ascendente y descendente de los fabricantes de guantes.
Dio media vuelta para ir al pañol de herramientas a buscar otros guantes, creyendo que esos eran de otro empleado. El seguía emperrado con la idea de que no se estaba achicando, eran nervios.
Cuando llega a los escalones de mármol, con asombro ve que antes subía de a dos escalones, ahora tenía que subir de a uno porque su pierna no podía llegar al otro escalón más lejano.
En ese momento, se saca la gorra para secar el sudor de la cabeza mientras puteaba en voz alta sin que le molestara el hecho que alguien le oyera.
Se sentó sobre una vereda a la sombra de un ángel de piedra. Sacó su pipa y ceremoniosamente comenzó a ponerle el tabaco mientras trataba de calmarse. Aspirando el humo con mucho placer, fueron pasando los minutos, largos minutos que le llevaban a pensar solo en una cosa. Su achicamiento.
Ve pasar a un hombre, un vecino de años y le llama para preguntarle si lo veía más pequeño de cuerpo que años atrás, el hombre frunce el ceño y le contesta que lo veía igual de idiota.
Una sarta de improperios imposible de repetir aquí le devolvió con amabilidad al vecino insolente.
Y siguió sumido en sus pensamientos, soñaba que caminaba por el bosque con ella, viendo como los colores iban brotando en miles de flores y plantas, quedando inmortalizadas fotográficamente. Hasta podía sentir la vibración de un arroyo montañoso al pasar entre el musgo y las piedras. Y así siguió por horas. Hasta que se da cuenta lo tarde que se hizo. Juntó las herramientas y las guardó. Pasó por la escalera principal, que le llevó el doble de tiempo que antes (según él) para ver que no quedara nadie en el estacionamiento. Sube por un senderito poco visitado por la gente, era la parte más antigua. Por el camino se escuchaban risitas contenidas, como de niños que le seguían.
Hasta que llega a su tumba. Con un suspiro le quita el polvo que se acumuló en el día sobre su lápida de mármol. Y se acuesta para seguir puteando, porque la tumba le quedaba grande.
Las risitas se fueron apagando, los ángeles de piedra seguían armando chascos, para divertirse a costa del pobre muerto.


 

jueves, 28 de febrero de 2013

AMADO

ESTE CUENTO HA SIDO SELECCIONADO POR LA EDITORIAL DUNKEN (C.A.B.A.) PARA SU PRÓXIMA EDICIÓN DE "SELECCIÓN DE CUENTOS Y POESÍAS". GRACIAS EDITORIAL DUNKEN POR SENTIR QUE MI CUENTO VA MAS ALLÁ DE LAS PALABRAS.



Ella le cocinaba una chuleta con papas fritas. La veía ir y venir por la cocina. Aunque a veces le daba la espalda, sentía su presencia.
Le agradecía con la mirada, porque ya casi no hablaba. Vivía para él. Y él era muy feliz por esto. Pero la felicidad es un estado aparente, podemos querer ser felices a pesar de que la vida te quitado todo.
Pero su corazón realmente no tenía ganas de seguir latiendo, la obscuridad había vuelto a su pecho. La tristeza infinita solo se leía en sus ojos cansados. Estaba agotado de la vida.
Aunque ponía todas sus fuerzas en continuar, ya no quería.
Solo se quedaba quieto en la computadora escribiendo algo mientras ella seguía cocinando.
Era una simbiosis negativa. Ella le daba la vida. El se la quitaba.
Pero todo esto terminaría pronto. Lo presentía, lo sabía.
Cada persona que se acercó, fue alejada. Llegaba a la conclusión que sería una carga, para cualquiera. No quería eso.
La silla de ruedas era cómoda, pero para él era una silla de las prisiones en donde los sentaban para ejecutarlos, así se sentía.
La frustración era evidente. Aunque muchos continuaban su vida a pesar de limitaciones físicas. Su enfermedad le consumía de a poco. La tortura de los dolores se era más evidente de noche. Insomnio crónico por dolor le dijo el médico.
Harto de los calmantes, sumergido en un sopor y ensueños diarios que dominaban el día, veía pasar las horas tirado como un trapo en un sillón.
Solo salía de la nube de calmantes para ir a rehabilitación. Lo cual era ilógico, ya que no existía algo que lo rehabilitara. Pero le servía para salir del encierro y las pastillas, por media hora.
La comida estaba casi lista, el olor suave y picante de los condimentos relajaban su cuerpo. Olor a hogar, olor a familia.
Aunque no tenía una familia real, el fantaseaba con que se sentaban varios a la mesa.
Masaje en los hombros, brazos, pierna. Para poder comer con menos dolor.
La comida ya estaba lista. Comenzó el engorroso trabajo de pasar de la butaca de la computadora a la silla de ruedas. Cuando se acomodó bien, le regalo una sonrisa, ella se lo merecía.
Mientras veían la televisión, empezó a llorar, no un sollozo reprimido, era un llanto desgarrador. Esos que estrujen el alma del que es testigo de las lágrimas.
El abrazo no lo calmaría, sabía que era lo único que podría calmarlo definitivamente y quitarle el peso abismal del sufrimiento de la mente, el alma y el cuerpo.
Movió la silla hasta el cajón de los medicamentos, saco una de las jeringas que usaba para inyectarse la medicación.
Las miradas se cruzaron unos segundos que fueron milenios en realidad. Fue hasta la habitación en donde esperó que ella tomara coraje. Cuando entró, él la esperaba sentado en la cama con la espalda en la pared y en su regazo la jeringa lista.
Entre lágrimas y palabras de amor le fue inyectando en su brazo el calido susurro de su boca, no hubo un estertor, solo palabras de amor eterno.
Ella le arropó tiernamente y luego se acostó con él para acariciarle el pelo mientras viajaba lejos de los dolores y las tristezas, era un camino que él solo debía recorrer.
Cuando ya no quedó ningún vestigio de vida en el cuerpo de su amado. Fue hasta la cocina, recogió los platos para lavarlos en la pileta.
Abrió la puerta y la lluvia le golpeo el rostro, las gotas se fundieron con las lágrimas que dejaban un surco negro bajo sus ojos. Se puso la campera, el calor de su amor ya no le abrigaría nunca más.
Dentro del auto se puso a pensar en todos los momentos felices que tuvieron. Sonriendo arrancó el auto y encaminó hasta la comisaría.
Los policías aturdidos por la historia que les contó. En realidad no era la historia.
Era su sonrisa.

martes, 19 de febrero de 2013

ESPERANDO



No era otra cirugía más, esta era distinta. No estaba cansado, estaba entregado al destino. Ni sufría ni estaba molesto, estaba horriblemente cansado.
Era su novena anestesia general, su novena cirugía, otra internación, otro papeleo, otra carta de despedida.

Mi amor:

Sabes lo que te amo, pero era necesario escribirlo, por si el destino quiere separarnos, tendrás unas pocas palabras mías para recordarme. Tan poco y tanto que vivimos. Parece ayer, parecen diez años juntos.
Tengo pocas palabras, porque siempre he preferido guardármelas todas, a veces es mejor expresarlas que decirlas. Pero sos consciente que sola no estás, esta mi corazón acompañándote en la sala de espera. Aunque esté dormido mientras el médico hurga dentro de mi estómago, te prometo que soñaré contigo. Que de alguna forma estaré en ese bosque maravilloso al que me llevaste de la mano, para descansar, para encontrar la sombra que necesite al borde del sendero, para descansar.
A pesar de todo lo maravilloso, también tuvimos nuestras cumbres borrascosas, que duran poco, que duelen poco. Y solo están para tomar el amor con más fuerza. Con toda la ternura, con todos los secretos contados, todos.
Por eso, estas palabras que nacen de un pecho cansado, te las dejo, para que mañana puedas soportar mi presencia o mi ausencia.
Tengo fe que todo saldrá bien, como tantas veces ya y por eso, estas palabras estarán rondando tus ojos aún cuando yo salga de esta cirugía, victorioso, alegre y risueño. Teniendo en mi mente la promesa de ver otros bosques, otros lagos y otros mares.
Te amo.

— Dame las paletas. Carga. Despejar.
— Sigue igual che.
— Subile un toque más la carga.
— ¿Cuánto?
— Cien más, apurate boludo.
— Nada.
— Dale la última, duplicala.
— Nada.
— ¿Hora?
— 13:35 doctor.
— Anotalo en el cuaderno y avisale a la mujer, está ahí afuera, esperando.

sábado, 16 de febrero de 2013

LA PLAYA DE LAS LAGRIMAS



Se sentía tan frustrado que las ganas de vivir se habían esfumado hacía mucho. Solo continuaba con la rutina diaria que todo el mundo sigue, pero el resto solo era tristeza y depresión.
No era una depresión absoluta, esa que todo el mundo se da cuenta cuando le ve la cara a alguien. Es de esas que no se ven, solo se sienten.
Su corazón pesaba un millón de kilos, tal vez fue la soledad quien le hizo mella. Porque a pesar que haber tenido pareja y familia, siempre se sentía solo y vacío por dentro aún teniendo alguna novia ocasional.
Lo que más le dolía era la ausencia de ella, la mujer más importante que pasó por su vida y con la que siempre estuvieron en contacto, nunca se dejaron de ver, visitar, charlar y contarse todo. Ella era su confidente, todo lo que le pasaba  o lo que hacía ella lo sabía inmediatamente, la distancia era lo de menos, aunque viviera en otro país siempre se verían, se sentían, mucho más allá de una separación y de la muerte. El verdadero amor continúa, en otra forma, con otro estilo, pero siempre está, los corazones gemelos no pueden estar separados. Pero la mezquindad de sus hijos malcriados no le permitía que lo visitara a él. Cruce de palabras y entredichos había dado por terminada la relación que tenía con los hijos de ella, en realidad nunca los quiso, solo los soportó por ella, por su amor. Porque no eran el reflejo de su madre (todo amor y dulzura) para nada. Solo eran el reflejo exacto del padre, ausente y problemático, un mal padre. No merecían su amor, no merecían nada en realidad. No eran buenos, no eran nada.
Pero la chiquita, la más pequeña, era su luz. Era como su mamá, pero en chiquito. Así la veía él. Enamorado de esas dos mujeres.
Pasaron los años y el amor seguía, enseñándole cosas de la vida a la niña, enseñándole a amar a la madre.
Pero todo lo bueno termina, perdió su luz, perdió su niña. Su alma se extinguió y con ella se fue medio corazón.
Pasó el tiempo, pero el dolor aún se revolvía en su pecho. Era algo que no podía olvidar, no podía perdonar.
Y así continuaba la vida, a pesar de lo que pase, la vida continua inexorablemente, sin pausas.
La soledad de su alma no tenía descanso. A veces sumergía su cuerpo en el lago cercano, con la esperanza que la profundidad lo llevara. Para fundirse con la frialdad de las rocas sumergidas.
No tenía sentido su vida, no encontraba algo que pudiera sacarlo de su dolor.
Pero no vivía del dolor, como hacían otros. Algunos necesitan recordar todos los días la causa de su dolor para poder sentirse vivos y darle un sentido inútil a sus vidas, vivir para el dolor olvidando realmente la causa y dedicándole todos los minutos de la vida a ser esclavo de los demás.
Pero él no era así, era distinto. Realmente sufría, pero su dolor no era visible, no podía tocarse. Solo quien le conocía en lo más profundo podía sentir su dolor, podía entenderlo, podía curarlo.
Pero ella se dedicó a vivir del dolor, porque es más fácil que curar y superarse.
El hombre se entregó primero a lo inevitable, un día se fue a su lago y no volvió más.
Lo buscaron durante semanas, ganchos, buzos, sonares. Pero jamás encontraron ni la ropa, ni un vestigio del cuerpo.
Las aguas frías de montaña hacen bien su trabajo.
Años después a un sector de la playa del lago le llamaron “La playa de las lágrimas”. Cuentan que quien nada en esa parte siente una tristeza inmensa y que del fondo sale un murmullo, una voz llamando, un ruego pidiendo compañía.
De alguien que está solo.

jueves, 7 de febrero de 2013

NACAR



El loco de la playa le decía la gente. La gente ya se había olvidado hacía cuanto tiempo estaba ahí. Llegó una vez y nunca más se fue.
Cuentan algunos entendidos que el hombre llegó décadas atrás con su familia. Un día salio a caminar por la playa muy temprano, ese fue el momento esperado en donde lo abandonaron. Los más viejos dicen que andaba dormido por la arena, como drogado.
En realidad nadie tiene la certeza como fue a parar ahí. A nadie ya le importa.
El loco de la playa le decía la gente.
Vivía en una carpita casi choza en el camping municipal. Salía todas las mañanas casi con el amanecer a caminar por la arena, llegaba tan lejos que se perdía de vista en la playa, volvía horas después cargado de ostras nacaradas, que con el paso del tiempo, el agua de mar y la arena han pulido tan perfectamente que solo quedó el nácar. Ponía sus tesoros arriba de una mesa grande de madera que antiguamente mantenía en perfecto orden un rollo de cable de luz, esos que parecen el dedal de un gigante.
Y así pasaba todo el verano. Cuando el turismo se iba y solo quedaba la frialdad del mar, él también partía. Nadie sabe donde.
Las personas que por primera vez se lo cruzaban pensaban que estaba buscando a alguien. Porque continuamente miraba el horizonte de la playa, como si esperara que le fueran a buscar.
El loco de la playa le decía la gente.
Se hizo tan famoso que la televisión del pueblo cercano se acercó a su covacha para hacerle una nota. El los miraba silencioso mientras las lágrimas rodaban por su cara barbuda. El sollozo silencioso fue detonado por una sola pregunta de la periodista.
—Usted, ¿a quién espera?
La montaña de nácar era enorme, nadie se atrevía a tocar ni una sola ostra ni tampoco decirle que no llevara más al camping sus tesoros.
A veces la gente le ofrecía un mate para tomar, para que se hidratara un poco el viejo con tanto calor abrasador. El solo contestaba que con la pipa le alcanzaba.
Eran incontables las personas que se querían sacar fotos con el loco, su pipa y la bolsa de nácar que llevaba siempre al hombro, pero los guardavidas que lo querían como si fuera su abuelo los espantaban para que no le atosigaran. No era una atracción más de la playa.
Un verano el loco de la playa no apareció. Se tejieron muchas conjeturas al respecto. Algunos decían que encontró lo que tanto buscaba y casi en un murmullo decían que era una mujer. Los más atrevidos decían que seguro había muerto y estaba flotando en el mar para pasto de los tiburones y afines.
Pero todos, los nuevos y los viejos turistas de la zona, aunque no estuvieran parando en el camping pasaban a ver la montaña de ostras nacaradas que refulgían con el sol.
Nadie nunca se atrevió a tocar ni una de ellas.
Eran su tesoro.
Eran para ella.

sábado, 26 de enero de 2013

ADIOS AMOR



Te extraño tanto petisa, me arrepentí todos los días al dejarte partir. Yo se que vos querías estar con otra persona, me di cuenta, no soy boludo sabes. Veía como coqueteabas con otras personas y eso me partía al medio. Por eso tomé esa decisión. Era lo que vos necesitabas, estar con alguien que te cuidara mejor que yo. Se que no lo valgo.
Se que en esa última salida que hicimos hasta el Alto río Percy, lo disfrutaste, pero sabía que era el último viaje que haríamos juntos. Aún recuerdo la subida camino a la buitrera. Esas imágenes están en mi mente y me torturan día a día. Pero vos estas mucho mejor sin mí. Lo sé.
Lo admito, aunque sonría hoy, es fingido, por dentro estoy roto. Corrompido de celos, porque vos estás hermosa, te cruzo a veces y no te miro. No puedo mirarte porque me duele los ojos por tu belleza. Me lastima el corazón no tenerte. Pero lo hecho, hecho está.
Por eso te dejé ir, para que puedas recorrer tu camino con quien te ame más que yo.
Ese viaje al lago tan maravilloso, será mi último recuerdo de este mundo.
Siempre estás conmigo en mi corazón, lo que quedó de él.
Es mejor así.
Para los dos.
Tu piel brilla por el sol, mi piel se aja de no tenerte.
Mis párpados se cierran cuando cruzo una calle, por miedo a cruzarte y llorar por dentro.
Te extraño tanto, tanto.
No olvido como te acariciaba.
Quedaron imborrables tus huellas en mis dedos.
Todo tiene un principio, todo tiene un final.
Desde que te tuve sabía que todo terminaría.
Era inevitable. Eras más joven, fuerte.
Y yo, en mi ocaso.
Mi enfermedad te apartó de mí, tus ganas de vivir te apartó de mí. Nunca jamás podría estar a tu nivel.
Tu vida no era a mi lado.
Siempre lo supe.
Por eso te alejé de mí.
Jamás te olvidaré.
Que los caminos de la vida te llenen de cariño.
Adiós amor mío.

(DEDICADA A MI MOTO, QUE LA VENDÍ JAJA)